Pocas criaturas parecen más ajenas a la lírica que una mosca; sin embargo, Antonio Machado la convierte en confidente de toda una vida. El poema es un apóstrofe a las «moscas vulgares», a las que el hablante llama «familiares» y «amigas viejas». Su idea central no es solo la evocación nostálgica: es el descubrimiento de que la memoria se oculta en lo más pequeño, constante y al parecer insignificante. No se canta aquí a un animal noble, sino a una presencia molesta; ese contraste es ya una declaración de poética. Presentes en todas las edades, las moscas se vuelven testigos del tiempo y de la muerte.
Desde la primera estrofa, el tono es íntimo y a la vez ligeramente burlón. El uso de «vosotras» en lugar de un distante «ellas» crea cercanía. La rima consonante y los versos de arte menor, con predominio del octosílabo, dan un ritmo ágil, casi de canción o de letanía familiar. Las rimas en -ares y -osas hermanan desde el comienzo lo familiar y lo goloso. Esa música no es monótona: en la estrofa de la escuela el verso se quiebra en «perseguidas» y el inciso «—que todo es volar—» corta el aliento, como si las propias moscas cambiaran de dirección en pleno vuelo. La repetición de la palabra «moscas» imita su insistencia: vuelven una y otra vez, como los recuerdos.
El poema recorre las edades mediante imágenes concretas. Primero aparecen «las claras tardes de estío / en que yo empecé a soñar» y «el salón familiar», donde las moscas encarnan el primer aburrimiento. Después llegan la «aborrecida escuela» y las moscas «raudas» que los niños persiguen «por amor de lo que vuela», en un juego que confunde a los insectos con el deseo de escapar. Ese inciso, «que todo es volar», encierra una intuición grave: todo huye y pasa; las moscas, en cambio, permanecen como una compañía obstinada. La enumeración se amplía: son «de todas las horas, / de infancia y adolescencia, / de mi juventud dorada». Al llegar a la madurez, el hablante habla de «esta segunda inocencia, / que da en no creer en nada», y tampoco entonces las excluye: en el escepticismo adulto siguen zumbando, fieles a lo real.
Lo más notable es que Machado no idealiza al insecto. Lo llama «golosas», «pertinaces», «vulgares»; recuerda que no trabaja como las abejas ni luce como las mariposas. Precisamente por carecer de méritos, la mosca se convierte en símbolo de lo cotidiano, de aquello que está tan cerca que apenas se mira. La paradoja es visible cuando dice que «de puro familiares / no tendréis digno cantor»: quien lo afirma ya las está cantando. En esa humildad reside su fuerza poética. La mosca no aparece en grandes relatos, sino posada sobre los objetos que guardan la vida íntima: «el juguete encantado», «el librote cerrado», «la carta de amor». El final eleva el tono sin abandonar la sencillez: se ha posado también «sobre los párpados yertos / de los muertos». Lo diminuto acompaña hasta la muerte; por eso su evocación abarca «todas las cosas».
El cierre circular refuerza esa idea. Las últimas líneas repiten casi literalmente las primeras, como si el poema volviera a posarse en el inicio, igual que una mosca regresa al mismo lugar. Lo insignificante se vuelve esencial: la memoria no necesita grandes símbolos, sino presencias persistentes y humildes. Ahí está el valor de estos versos: convertir la mosca molesta en una figura elegíaca, doméstica y extrañamente conmovedora.