La voz poética habla a las moscas no como a un estorbo, sino como a compañeras humildes que han estado presentes en todas las etapas de su vida. Lo evocan todo: las tardes de verano en el salón familiar, el hastío de la escuela, los sueños de la juventud, la carta de amor y hasta los párpados de los muertos. Por eso el tono es a la vez tierno y melancólico. Estos insectos vulgares, golosos y revoltosos no trabajan como las abejas ni brillan como las mariposas, pero son parte inevitable de la existencia. Se respira una nostalgia serena, donde lo pequeño y lo cotidiano se vuelve memoria del paso del tiempo. Al llamarlas “amigas viejas”, el hablante reconoce en ellas una fidelidad humilde y acepta, casi conmovido, su presencia constante.
Las moscas — Resumen
Vosotras, las familiares, inevitables golosas; vosotras, moscas vulgares, me evocáis todas las cosas. ¡Oh viejas moscas voraces como abejas en abril, viejas moscas pertinaces sobre mi calva infantil! ¡Moscas del primer hastío en el salón familiar, las claras tardes de estío en que yo empecé a soñar! Y en la aborrecida escuela, raudas moscas divertidas, perseguidas por amor de lo que vuela —que todo es volar—, sonoras, rebotando en los cristales en los días otoñales... Moscas de todas las horas, de infancia y adolescencia, de mi juventud dorada; de esta segunda inocencia, que da en no creer en nada; de siempre... Moscas vulgares, que de puro familiares no tendréis digno cantor: yo sé que os habéis posado sobre el juguete encantado, sobre el librote cerrado, sobre la carta de amor, sobre los párpados yertos de los muertos. Inevitables golosas, que ni labráis como abejas ni brilláis cual mariposas; pequeñitas, revoltosas, vosotras, amigas viejas, me evocáis todas las cosas.