Con la leve forma que anuncia su título de baladilla, Lorca convierte la geografía andaluza en un mapa sentimental. Desde la primera estrofa se oponen dos mundos: el Guadalquivir, que va entre naranjos y olivos, y los dos ríos de Granada, que bajan de la nieve al trigo. No es una simple descripción de paisajes; el agua se carga de destino y de memoria. La idea central late en el estribillo: un amor que se fue y no vino, una ausencia que convierte cada cauce en herida.
El poema se construye sobre un contraste paralelístico. El Guadalquivir aparece como río de vida y de apertura: tiene las barbas granates, se asocia a los barcos de vela, a la alta torre y al viento en los naranjales. Es un agua que circula, que comunica a Sevilla con los mares y que parece arrastrar consigo el azahar y las olivas de Andalucía. En cambio, los dos ríos de Granada, el Dauro y el Genil, se presentan como agua cerrada y trágica: uno llanto y otro sangre. Sobre su superficie solo reman los suspiros, y junto a ellos no hay torre luminosa, sino torrecillas muertas sobre los estanques. El diminutivo de «torrecillas» acentúa la fragilidad y reduce el paisaje a una escala íntima, casi de dolor doméstico.
El ritmo no depende de una rima estricta, sino del regreso de estructuras paralelas y del estribillo quebrado: «¡Ay, amor / que se fue y no vino!» y, en otras estrofas, «¡Ay, amor / que se fue por el aire!». Esa alternancia entre «no vino» y «por el aire» no es decorativa: «no vino» sitúa la pérdida en el tiempo, en la espera frustrada; «por el aire» la traslada al espacio, a algo que se deshizo sin dejar rastro. El grito «¡Ay!» convierte la canción en lamento, y el verso corto del estribillo, roto en dos, imita la respiración entrecortada de quien llora.
La fuerza simbólica se concentra en la imagen «un fuego fatuo de gritos». El agua, que normalmente lava y borra, aparece aquí como portadora de voces errantes, como una luz que arde sobre la corriente sin consumirla. Los gritos no se hunden del todo: flotan como fuegos fatuos, aparecen y desaparecen. Esa imagen convierte el río en una memoria viva, no en un simple cauce. También la elección de los nombres propios es significativa: Guadalquivir se menciona con su nombre completo, con peso de río mayor; los dos ríos de Granada se nombran al final, Dauro y Genil, como si durante todo el poema hubieran sido solo una sombra dolorosa.
El poema termina con una invocación: «Lleva azahar, lleva olivas, / Andalucía, a tus mares». Parece una bendición o una despedida. Andalucía entrega al mar su fertilidad, su perfume, su cosecha; pero esa corriente que va hacia lo abierto no incluye a los ríos de Granada, que permanecen remansados en el llanto y la sangre. Por eso el amor ausente no es solo anécdota personal: es una forma de entender el paisaje andaluz, donde la belleza y la pérdida van por el mismo cauce. La significación de esta baladilla está en esa síntesis: lo popular y lo grave, la copla y la herida, la geografía exterior y el adentro del sentimiento.