Lorca contrapone dos paisajes andaluces para expresar una ausencia amorosa. El Guadalquivir, en Sevilla, aparece pujante: corre entre naranjos y olivos, tiene barbas granates, se abre al viento y da camino a los barcos de vela. Los ríos de Granada, el Dauro y el Genil, bajan de la nieve al trigo, pero uno es llanto y otro sangre; por esa agua sólo reman los suspiros. La diferencia no es meramente geográfica: frente al movimiento del río grande, Granada queda detenida, con torrecillas muertas sobre los estanques.
El estribillo —“¡Ay, amor / que se fue y no vino!”— regresa como un lamento y tiñe todo el paisaje. La voz siente el amor como algo perdido, tal vez llevado por el aire, y el poema crea un tono nostálgico y casi secreto, donde la naturaleza andaluza parece recordar continuamente esa pérdida.