La queja de «Es verdad» se abre con una declaración de fatiga y se cierra con las mismas palabras, como si la voz poética no pudiera salir del esfuerzo de querer. Federico García Lorca plantea aquí una idea central: amar, lejos de ser un goce idealizado, se experimenta como un trabajo costoso, un dolor que atraviesa el cuerpo, el aire y hasta los objetos más personales. El título refuerza esa sinceridad: no se trata de una exageración retórica, sino de una verdad íntima que el poema se encarga de hacer visible.
La métrica y la forma apoyan esa sensación de canción popular y de encierro emocional. Los versos son en su mayoría octosílabos, aunque se quiebran en líneas breves como «el corazón / y el sombrero», que obligan a detenerse en cada imagen. La repetición inicial y final —«¡Ay, qué trabajo me cuesta / quererte como te quiero!»— funciona como estribillo coplero, pero aquí no trae alivio: devuelve al mismo punto de partida. La rima asonante en e-o agrupa palabras clave como «quiero», «sombrero» y «pañuelos», creando una cadencia unitaria en la que el deseo, el vestido y el objeto doméstico quedan enlazados.
En el centro del poema aparece una gradación muy llamativa: «Por tu amor me duele el aire, / el corazón / y el sombrero». Se pasa de lo atmosférico a lo sentimental y luego a lo material. El aire lo rodea todo, de modo que el sufrimiento se vuelve ambiente; el corazón es el lugar esperado del dolor; el sombrero, en cambio, desconcierta. Ese objeto exterior, ligado a la apariencia pública, duele también, y así el amor deja de ser un asunto íntimo para afectar la presentación de uno mismo ante el mundo. La voz poética no dice que el sombrero simbolice algo; sencillamente lo coloca junto al aire y al corazón, y de esa convivencia nace una metáfora extraña y eficaz.
La pregunta que sigue introduce un léxico de compraventa. «¿Quién me compraría a mí, / este cintillo que tengo / y esta tristeza de hilo / blanco, para hacer pañuelos?» El hablante se ofrece a sí mismo con sus pertenencias y, sobre todo, con su tristeza convertida en mercancía. El diminutivo «cintillo» alude a algo pequeño y modesto; la «tristeza de hilo blanco» materializa el dolor en un objeto doméstico, y los pañuelos, hechos con ese hilo, serían justamente los que recogerían las lágrimas. Hay una ironía dolorosa: la propia pena podría fabricar el objeto que la consuela o la enjuga, pero nadie acude a comprarla. El amor como trabajo y la pena como objeto que se ofrece sin demanda refuerzan una idea de desvalimiento.
Las palabras económicas «trabajo», «cuesta», «compraría» conviven con los objetos caseros «cintillo», «hilo», «pañuelos», y de esa mezcla surge lo significativo del poema. Lorca convierte una emoción abstracta en una escena concreta de mercado y costura. No es necesaria una gran maquinaria simbólica: la fuerza radica en la precisión de esos elementos pequeños y en la musicalidad popular que los sostiene. El «¡Ay!» inicial tiene sabor de copla andaluza, pero las imágenes del sombrero y del hilo blanco abren una dimensión casi surrealista. Por eso el poema se reconoce como una pieza representativa de la poesía de Lorca: en muy pocos versos, lo popular y lo vanguardista se funden para expresar una emoción que no se resuelve. Al terminar, la misma queja vuelve intacta, y el lector comprende que este «trabajo» de querer no ha terminado.