En el soneto «Signifícase la propia brevedad de la vida», Quevedo no se limita a repetir que la existencia es corta: la representa como un presente que cava activamente su propia sepultura. La voz poética mira hacia atrás y hacia delante, y encuentra solo desvanecimiento: ayer fue sueño, mañana será tierra; un poco antes no hubo nada y un poco después solo humo. En ese arco se sitúan la ambición y la presunción humanas, reducidas a un punto rodeado por un cerco que se estrecha. La vida aparece así como un combate breve y desigual, en el que el yo es a la vez soldado y enemigo de sí mismo.
La forma del poema apoya esa idea de encierro y avance. Es un soneto de catorce endecasílabos, con rima consonante: ABBA ABBA en los cuartetos y CDC DCD en los tercetos. Los cuartetos cierran cada estrofa sobre sí mismos con la rima abrazada —el primer verso rima con el cuarto y los dos centrales entre sí—, como si el cerco mencionado se reprodujera en la estructura. El encabalgamiento entre el verso tercero y el cuarto, «presumo / apenas punto», deja a la presunción suspendida un instante para caer luego sobre la palabra «punto», mínima y rodeada. En los tercetos, la rima alternante y el encabalgamiento de «movimiento / que a la muerte me lleva despeñado» aceleran la frase, imitan la caída y el arrastre.
Las imágenes condensan la idea central con precisión conceptista. «Fue sueño ayer; mañana será tierra» contrapone dos estados sin sustancia: el sueño y la tierra; «poco antes, nada; y poco después, humo» convierte la vida en un intervalo entre nada y humo. No hay alivio ni refugio: el cuerpo no hospeda, sino que entierra. El verso «menos me hospeda el cuerpo que me entierra» encierra la paradoja de que el yo, mientras vive, habita en aquello que ya lo sepulta. La guerra interior es «importuna», un combate breve en el que defenderse es consumirse: cada arma vuelta contra uno mismo.
La imagen más poderosa llega en el último terceto. «Azadas son la hora y el momento» transforma el tiempo en herramienta de excavación; no es un río ni un reloj, sino azadas trabajando. El jornal que pagan es «mi pena y mi cuidado», el sufrimiento y la preocupación, de modo que el propio vivir financia la fosa. El cierre, «cavan en mi vivir mi monumento», concentra todo el sentido: «monumento» vale aquí por tumba, y cavar en el vivir es excavar la sepultura en el terreno mismo de la existencia. La repetición de posesivos —«mi pena», «mi cuidado», «mi vivir», «mi monumento»— subraya que el sujeto es dueño de ese proceso, pero dueño solo de su propia consumación.
La significación del poema está en esa conversión del tópico de la fugacidad en un mecanismo casi físico. Quevedo, poeta central del Barroco español y maestro del conceptismo, condensa la experiencia del desengaño en un razonamiento poético tenso: no describe la muerte como algo que vendrá, sino como algo que ya está cavándose en cada instante. Por eso el hoy es tiempo decisivo: «Ya no es ayer; mañana no ha llegado»; solo queda un presente que «pasa, y es, y fue» a un tiempo, un movimiento continuo hacia el despeñadero. La brevedad no es un dato exterior, sino una acción interior; y la forma del soneto, con su cerco de rimas y su avance rítmico, la ejecuta ante el lector.