El hablante se coloca ante la muerte y desde ahí contempla su propia vida. Ayer ya fue un sueño; mañana será tierra. Lo que queda entre la nada y el humo es un breve combate en el que uno mismo es su mayor peligro: las armas con que se defiende lo consumen, y el cuerpo, más que albergarlo, lo va enterrando. No hay consuelo: el hoy no se detiene, pasa y arrastra al hablante hacia la muerte como si cayera por un despeñadero. Las horas y los momentos trabajan como azadas que cavan su sepultura, pagadas con su pena y su cuidado. La sensación dominante es de urgencia y desengaño: todo se escapa, incluso el instante presente. El tono es grave, sombrío, casi claustrofóbico, y deja una impresión de fragilidad absoluta.
Signifícase la propia brevedad de la vida — Resumen
Fue sueño ayer; mañana será tierra. Poco antes, nada; y poco después, humo. Y destino ambiciones, y presumo apenas punto al cerco que me cierra.
Breve combate de importuna guerra, en mi defensa, soy peligro sumo; y mientras con mis armas me consumo, menos me hospeda el cuerpo que me entierra.
Ya no es ayer; mañana no ha llegado; hoy pasa, y es, y fue, con movimiento que a la muerte me lleva despeñado.
Azadas son la hora y el momento que, a jornal de mi pena y mi cuidado, cavan en mi vivir mi monumento.