La salida de la cárcel se convierte aquí en una meditación sobre la libertad: no la de las puertas que se abren, sino la de quien deja de pertenecer al mundo de la envidia y la mentira. Los dos primeros versos presentan de un golpe la causa del encierro, “la envidia y mentira”, y lo hacen con una construcción pasiva, “me tuvieron encerrado”, que convierte al hablante en víctima de fuerzas ajenas. En el arranque no hay carceleros con rostro: dos vicios abstractos actúan como sujetos capaces de encerrar. Eso engrandece el daño y, a la vez, lo despersonaliza; el hablante no se detiene en rencores. El adverbio “aquí” señala la celda, pero también un espacio moral: allí reinaban la calumnia y el deseo de dañar.
Fray Luis de León, fraile agustino del siglo XVI, conoció de cerca esa experiencia: fue procesado por la Inquisición y permaneció preso entre 1572 y 1576. La tradición ha asociado estos versos a su liberación; sin embargo, el poema no necesita apoyarse en la biografía para decir lo que dice.
La sintaxis es reveladora. A los dos primeros versos, cortos y secos, sigue desde “Dichoso” una larga oración que avanza sin pausa hasta el final. Ese encabalgamiento continuo dibuja un movimiento: de la celda cerrada al campo abierto, del pasado padecido a un presente deseado. El adjetivo “dichoso” no se aplica al poderoso ni al vencedor, sino al “humilde estado / del sabio que se retira”. El verbo “retira” es clave: no es un encierro impuesto, como el de la cárcel, sino una decisión. Frente al “me tuvieron” pasivo, el sabio “se retira” con gesto propio.
La forma acompaña esa idea. Son diez versos octosílabos de rima consonante, distribuida con regularidad: “mentira” y “retira” cierran el primer circuito; “encerrado”, “estado” y “malvado” forman otro; “casa”, “compasa” y “pasa” se enlazan más adelante; y “deleitoso” rima con “envidioso” en un cierre sonoro. El verso octosílabo, ágil y de raíz popular, sostiene un tono sentencioso sin volverse solemne; los encabalgamientos suavizan la pausa de cada verso y dejan que la frase respire. La rima no es un adorno: va creando parejas que oponen o acercan conceptos. “Casa” y “compasa” sugieren que la vivienda humilde se vuelve justa medida; “pasa” añade el matiz de una vida que transcurre sin sobresaltos.
En las imágenes, el poema construye un espacio alternativo al “mundo malvado”. La “pobre mesa y casa” no se presentan como carencia, sino como desahogo: quien tiene poco no despierta envidia ni la siente. El “campo deleitoso” tiene resonancias del tópico de la vida retirada, un lugar donde la naturaleza reemplaza al bullicio de la corte o de la ciudad. Allí el sabio “con sólo Dios se compasa”: el verbo “compasarse” implica medirse, ajustarse, y convierte a Dios en la única referencia. El adverbio “sólo” es decisivo: no se exalta la huida por amargura ni la penitencia acumulada, sino la exclusividad de una compañía. Ya no se mide el hombre por honras, cargos ni apariencias.
El remate concentra el sentido: “ni envidiado ni envidioso”. La doble negación cierra el círculo y suena a divisa. Quien vive retirado queda fuera del circuito de la envidia por partida doble: no la recibe, porque nada tiene que los otros codicien, y no la practica, porque no desea lo ajeno. Esa es la verdadera liberación que el poema propone: salir de la cárcel es apenas el primer paso; la dicha consiste en no volver a entrar en la lógica que la produjo. Por eso el texto no acumula rencor contra los acusadores. Más bien los deja atrás, como quien cierra una puerta y, en el campo, aprende a respirar.