En la noche que recrea la «Rima LXVIII», el yo lírico despierta de un sueño cuyo contenido no recuerda; solo queda la angustia. Hay en ello un misterio deliberado: no importa qué soñó, importa que el cuerpo lloró y que esa huella física —la almohada húmeda— se convierte en una revelación. Bécquer no explica el sueño ni lo describe; deja que la emoción sobreviva a su causa. La idea central es, por tanto, una paradoja: la tristeza del sueño nos arranca lágrimas, pero despertar llorando se siente como un amargo placer, porque demuestra que el alma aún es capaz de sentir.
Formalmente, la composición se organiza en tres estrofas de cuatro versos. La rima asonante en los pares, sostenida sobre la vocal a en palabras como «pasada», «duraba», «almohada» y «alma», produce una música sobria, casi un susurro. Los versos combinan arte menor y arte mayor; los endecasílabos, como «Triste, muy triste debió ser el sueño», dilatan la sensación, mientras que los versos breves, como «En la noche pasada», la recogen. Ese vaivén rítmico imita el estado de duermevela: la conciencia oscila entre la precisión de lo que nota y la confusión de lo que ignora.
El lenguaje es voluntariamente escaso. No hay paisaje exterior ni anécdota: solo noche, sueño, almohada, lágrimas. La palabra «triste» aparece duplicada —«Triste, muy triste debió ser el sueño»— y la inseguridad del verbo «debió» muestra que el yo no afirma un hecho, sino que deduce su estado. En la segunda estrofa, el hallazgo de la almohada húmeda introduce lo corporal: el cuerpo ha llorado antes de que la mente comprenda por qué. Ese detalle físico conduce al oxímoron «amargo placer», donde se unen el dolor y una forma de gozo íntimo. El verbo «henchirse» da a esa emoción un movimiento de plenitud: no es vacío, sino llenura. La cercanía sonora de «almohada» y «alma» subraya el paso de lo material a lo espiritual.
El razonamiento avanza en tres tiempos. Primero se enuncia el misterio: «No sé lo que he soñado / En la noche pasada». Después se comprueba la huella: «Noté, al incorporarme, / Húmeda la almohada». Por último, el poema se vuelve reflexivo: «Triste cosa es el sueño / Que llanto nos arranca». El giro adversativo «Mas tengo en mi tristeza una alegría...» introduce una pausa suspendida por los puntos suspensivos, antes de la exclamación final: «¡Sé que aún me quedan lágrimas!». El adverbio «aún» es esencial: no habla de una reserva infinita, sino de una posibilidad que persiste. Las lágrimas no son solo señal de dolor; son la prueba de que el alma no se ha secado.
La «Rima LXVIII» resulta significativa porque no celebra la aflicción ni la idealiza; celebra la sensibilidad que la aflicción revela. El llanto deja de ser únicamente pérdida y se vuelve confirmación de vida interior. En lugar de lamentarse por el sueño triste, la voz descubre una extraña gratitud: si todavía puede llorar, todavía puede sentirse viva. Bécquer convierte una escena mínima —despertar a solas con la almohada húmeda— en una pregunta por la emoción misma. Y responde sin grandilocuencia, con un verso exclamativo que es, a la vez, un alivio y una afirmación: quedan lágrimas; queda alma.