El hablante despierta sin recordar qué soñó, pero con una angustia que se prolonga en la vigilia. Al incorporarse, nota la almohada húmeda y comprende que ha llorado dormido. Ese descubrimiento, lejos de abatirlo, le produce un amargo placer: siente el alma henchida por una mezcla extraña de dolor y consuelo. El poema no se detiene en el contenido del sueño, sino en la huella emocional que este deja en el cuerpo y en el ánimo. La voz poética confiesa que un sueño capaz de arrancar lágrimas es algo triste, pero encuentra en esa misma tristeza una alegría íntima.
El ambiente es nocturno, silencioso y contenido. No hay gritos ni desesperación, sino una melancolía serena. La paradoja final —«¡Sé que aún me quedan lágrimas!»— convierte el llanto en señal de vida interior: todavía puede sentir, y eso lo alivia. El poema sugiere que, a veces, llorar sin saber por qué es una forma de comprobar que no se está del todo insensible.