El hablante se halla en ese estado intermedio entre la vigilia y el sueño: los objetos pierden su forma habitual, las ideas giran cada vez más despacio y una luz interior sustituye a la luz que velan los párpados. De pronto irrumpe un rumor parecido al Amén que se apaga en una iglesia, una voz delgada y triste lo llama por su nombre a lo lejos, y lo envuelve un olor a cirios apagados, humedad e incienso.
La escena tiene un aire de velatorio y de anuncio: no se ve a nadie, pero todo suena y huele a muerte cercana. Luego la noche lo acoge, cae en el olvido como una piedra y duerme profundamente. Al despertar, exclama con dolorosa certeza: «¡Alguno que yo quería ha muerto!» La rima transmite el presentimiento de una pérdida íntima y la sensación de que, en duermevela, se abrió una puerta misteriosa hacia lo desconocido.