Tres voces femeninas se presentan en la «Rima XI» de Bécquer, poeta sevillano del siglo XIX, y proponen tres formas de amor. La primera encarna la pasión: se describe ardiente, morena, «símbolo de la pasión», con el alma llena de «ansia de goces». El yo poético no vacila: «— ¿A mí me buscas? — No es á tí; no». La segunda ofrece ternura y felicidad estable: frente pálida, trenzas de oro, «dichas sin fin» y un «tesoro» de afecto. La respuesta es idéntica: «No; no es á tí». Solo cuando aparece la tercera figura, definida como «sueño», «imposible», «vano fantasma de niebla y luz», el poeta reacciona con deseo: «¡Oh, ven; ven tú!». Este giro final encierra la idea central: el amor que se busca no es una posesión ni una promesa de dicha, sino lo inalcanzable, aquello que precisamente por ser intangible mantiene vivo el deseo.
El poema se construye como una pequeña escena dialogada de tres estrofas, cada una con cuatro versos. Las tres voces repiten la misma estructura: una autodefinición con el verbo «ser» y una respuesta del yo. Ese paralelismo permite comparar las opciones y hace más rotundo el contraste final. La rima es asonante y cambia de una estrofa a otra: en la primera se enlazan «morena» y «llena»; en la segunda, «oro» y «tesoro»; en la tercera, «imposible» e «intangible». La musicalidad no es pesada: las asonancias alternan y crean una cadencia suave, como de voz que se aleja, muy adecuada para un poema que habla de fantasmas y niebla. Los versos de arte mayor aportan gravedad, pero las pausas del diálogo, marcadas por guiones y puntos, imprimen un ritmo ágil y teatral.
Conviene atender a las palabras clave, porque el poema invita a una lectura simbólica desde el primer verso. La primera voz se identifica con «el símbolo de la pasión»: no es una mujer concreta, sino una abstracción. Su campo léxico es corporal y urgente: «ardiente», «morena», «goces». Representa un amor sensorial, pleno, que se ofrece sin reservas; sin embargo, es rechazado casi con brusquedad. La segunda voz pertenece a un registro más espiritual, pero aún humano: «pálida», «ternura», «tesoro», «dichas sin fin». Ofrece lo que en apariencia podría satisfacer una vida: cariño, belleza serena, estabilidad. También es rechazada. El poeta no busca ni la pasión que se consume ni la ternura que se posee.
La tercera figura introduce un campo léxico distinto: «sueño», «imposible», «fantasma», «niebla», «luz», «incorpórea», «intangible». Sus atributos son negativos y etéreos; no puede ofrecer goces ni dichas. De hecho, advierte: «No puedo amarte». Y, sin embargo, es la única que despierta el deseo del yo. El verso final, con su exclamación y la repetición de «ven», transforma la negación anterior en llamada. El poeta elige justamente lo que no puede corresponderle. Por eso el poema es significativo: condensa la paradoja amorosa del Romanticismo tardío, donde el deseo se alimenta de la distancia y la ausencia, y donde la amada verdadera no es un cuerpo ni un afecto concreto, sino un ideal que nunca se alcanza.
La «Rima XI» no describe un episodio biográfico; presenta un drama interior reducido a su mínima expresión. Las tres voces pueden leerse como tres tentaciones del amor: la carnal, la sentimental y la ideal. Al rechazar las dos primeras, el yo afirma una estética y una ética: lo bello, para Bécquer, es lo inasible. La exclamación final no es una rendición, sino una declaración de fe en el deseo. Ese «ven tú» dirigido a lo imposible revela que la plenitud no está en obtener, sino en anhelar. Por eso el poema sigue hablando a los lectores jóvenes: todos conocen la diferencia entre lo que se tiene y lo que se sueña, y Bécquer, en doce versos, se inclina sin dudar por lo segundo.