La escena se construye como un diálogo íntimo. Primero habla una mujer morena, ardiente, símbolo de la pasión; luego una mujer pálida y rubia, dueña de ternura y promesas de felicidad. El yo lírico responde a las dos con el mismo rechazo: lo que ofrecen no es lo que busca. Solo cuando aparece una tercera voz —un sueño, un imposible, un fantasma de niebla y luz— el deseo cambia por completo. Esa figura no puede amarlo, porque es incorpórea e intangible; sin embargo, el hablante le suplica: «¡Oh, ven; ven tú!».
El poema crea una atmósfera de anhelo melancólico y frustración romántica. Frente al placer y la ternura posibles, el yo prefiere un ideal inalcanzable. Por eso la rima no habla de un amor concreto, sino del deseo que se alimenta de la imposibilidad.