Hay dolores que no se miden en horas, sino en transformaciones. La «Rima XLIII» de Bécquer condensa una de esas noches: un hombre sentado en el borde de una cama revuelta, mudo, sombrío, con la mirada fija en la pared, descubre que el sufrimiento puede devorar el tiempo y envejecerlo por dentro. El poema no explica qué causó ese estado; prefiere rodear el silencio con una escena mínima y dejar que la intensidad hable.
El ritmo acompaña ese descenso. Los versos largos, predominantemente endecasílabos, avanzan con cierta solemnidad; los cierres breves («Clavada en la pared», «Reía el sol») detienen la voz y subrayan la caída emocional. La rima asonante en los versos pares —senté-pared, dolor-sol, mí-envejecí— no ata el poema con un esquema rígido: cambia de vocal en cada estrofa, como si la emoción buscara una salida distinta y no la encontrara.
El primer gesto, «Dejé la luz a un lado», es una renuncia. El yo no apaga la lámpara bruscamente; la aparta, y al apartarla elige la oscuridad. La cama no está deshecha: está «revuelta», palabra que sugiere lucha, insomnio, movimientos sin descanso. Sobre ese borde se sienta, no se acuesta, como si ya no hubiera reposo posible. Los adjetivos «mudo, sombrío» y la «pupila inmóvil» construyen una imagen de parálisis interior; la mirada no recorre la habitación, queda «clavada» en la pared, y ese participio convierte los ojos en algo pasivo, casi herido.
La segunda estrofa rompe con una pregunta sin respuesta: «¿Qué tiempo estuve así?». El tiempo deja de ser medible. La conciencia solo registra el final de la crisis: «al dejarme / la embriaguez horrible del dolor». Aquí el oxímoron «embriaguez horrible» es esencial: el dolor se bebe, aturde, nubla, pero su efecto no es placentero. Mientras tanto, la lámpara «espiraba» y en los balcones «reía el sol». Dos luces se oponen: la artificial se apaga, la natural amanece; una muere callada, la otra ríe como si la noche no hubiera existido. Ese contraste entre la oscuridad interna y el sol indiferente hace más cruel el dolor.
El último movimiento insiste en la amnesia: «Ni sé tampoco en tan terribles horas / en qué pensaba o qué pasó por mí». Solo quedan dos verbos de descarga, «lloré y maldije», y una consecuencia desproporcionada: «en aquella noche envejecí». El verso final es el más breve del poema y, sin embargo, encierra toda su idea: una sola noche de sufrimiento puede consumir años de vida. No se trata de una vejez física, sino de una transformación interior que nadie ve desde fuera; por eso el sol puede reír en los balcones.
La fuerza de la Rima XLIII está en su sobriedad. Bécquer no narra las causas del dolor, no dramatiza con gestos excesivos: reduce la escena a una habitación, una cama, una pared y dos luces. Esa economía convierte lo íntimo en algo universal. El lector no necesita saber qué perdió el yo poético; le basta reconocer la sensación de haber atravesado una noche que parecía no terminar y de despertar siendo otro. Bécquer, poeta español del siglo XIX, logra aquí una introspección moderna: más que contar un sufrimiento, lo hace visible en el cuerpo y en el paso del tiempo.