En la Rima XLIII, Bécquer presenta a una voz que ha pasado la noche sentada al borde de la cama revuelta, con la mirada fija en la pared y hundida en un dolor tan intenso que la embriaga. La causa de ese sufrimiento queda callada; importa más su intensidad. No sabe cuánto tiempo estuvo así ni qué pensó; solo recuerda haber llorado y maldecido. La conciencia se le nubla por completo: ignora si fueron minutos u horas. Cuando la luz se apaga y el sol entra por los balcones, el amanecer resulta ajeno, casi burlón, frente a su oscuridad interior. La escena crea un clima de angustia íntima y estática: el mundo exterior sigue su curso, pero el yo queda atrapado en una noche que lo cambia. La imagen final, haber envejecido en una sola noche, expresa cómo el sufrimiento deja una marca profunda y transforma a quien lo vive.
Rima XLIII — Resumen
Dejé la luz á un lado, y en el borde De la revuelta cama me senté, Mudo, sombrío, la pupila inmóvil Clavada en la pared.
¿Qué tiempo estuve así? No sé: al dejarme La embriaguez horrible del dolor, Espiraba la luz, y en mis balcones Reía el sol.
Ni sé tampoco en tan terribles horas En qué pensaba ó qué pasó por mí; Sólo recuerdo que lloré y maldije, Y que en aquella noche envejecí.