La escena es mínima: dos jóvenes comparten un libro abierto, pero no leen. Ella lo sostiene en la falda; los rizos negros de ella tocan la mejilla del que habla. Ambos guardan un silencio hondo. El tiempo se suspende: solo se oye el aliento apresurado que escapa del labio seco. De pronto, los dos se vuelven a un tiempo, sus ojos se encuentran y suena un beso. El libro era el Infierno de Dante. Entonces él pregunta, trémulo, si ya comprende que un poema cabe en un verso, y ella responde encendida: “¡Ya lo comprendo!”.
El poema crea un clima íntimo, tenso y tierno. No describe un gran episodio, sino un instante de cercanía en que el deseo y el pudor se contienen. El silencio y la respiración expresan lo que las palabras no dicen. El beso final concentra ese momento, como un solo verso puede encerrar un poema entero.