Aquel encuentro roto se condensa en una escena brevísima: a ella le asoma una lágrima y a él, una frase de perdón está a punto de brotar. Pero habla el orgullo; ella se seca los ojos y las palabras mueren antes de nacer. Después, cada uno sigue su camino, aunque el recuerdo del amor mutuo los persigue. Él todavía se pregunta por qué calló aquel día; supone que ella se pregunta por qué no lloró. No hay gritos ni acusaciones: solo una melancolía serena, la conciencia de que un gesto de ternura quedó atrapado por el amor propio. Esa duda compartida —su silencio y su llanto contenidos— sostiene la sensación de una pérdida pequeña pero definitiva. Aunque el orgullo ganó aquel instante, ninguno termina de perdonarse. Por eso queda un eco amargo: la ternura existió, pero no bastó; cada uno arrastra su reproche en soledad.
Rima XXX — Resumen
Asomaba á sus ojos una lágrima y á mi labio una frase de perdón; Habló el orgullo y se enjugó su llanto, Y la frase en mis labios espiró.
Yo voy por un camino, ella por otro; Pero al pensar en nuestro mutuo amor, Yo digo aún: ¿por qué callé aquel día? Y ella dirá: ¿por qué no lloré yo?