Rima XXX — Análisis del poema

Asomaba á sus ojos una lágrima y á mi labio una frase de perdón; Habló el orgullo y se enjugó su llanto, Y la frase en mis labios espiró.

Yo voy por un camino, ella por otro; Pero al pensar en nuestro mutuo amor, Yo digo aún: ¿por qué callé aquel día? Y ella dirá: ¿por qué no lloré yo?

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La escena se reduce a un instante: en los ojos de ella asoma una lágrima; en el labio del yo, una frase de perdón. Todo podría resolverse, pero interviene un tercer personaje, el orgullo. Habla, y su palabra provoca dos renuncias paralelas: ella se enjuga el llanto y la frase muere en los labios del yo. A partir de ahí, los amantes caminan por sendas separadas, aunque el recuerdo del mutuo amor los persigue. Lo que queda no es solo la separación, sino una doble pregunta sin respuesta: por qué callé yo, por qué no lloré ella.

El poema se organiza en dos estrofas de cuatro versos. La primera narra el instante de la separación; la segunda, sus consecuencias. La construcción se apoya en una simetría rigurosa. En los dos primeros versos, la lágrima y la frase de perdón son signos equivalentes de ternura, dos formas de vulnerabilidad que pugnan por salir. El verbo “asomaba” es revelador: la lágrima no cae, solo aparece en el borde del ojo; la frase no se pronuncia, solo se asoma al labio. Ambos amantes están a punto de ceder, pero ninguno termina de dar el paso. En los dos versos siguientes, el orgullo habla y reprime: ella se enjuga el llanto, la frase espira. No se describe una discusión, sino un silencio y un gesto ahogado. El verbo “espiró” es fundamental: la frase no desaparece, muere, como si tuviera aliento. Frente a ese final, “se enjugó su llanto” es una acción física que detiene la emoción. El orgullo se personifica; tiene voz. En cambio, la lágrima y la palabra no pueden articularse. Esa oposición entre lo que asoma y lo que se reprime es el centro del poema.

La rima asonante en los versos pares (perdón, espiró, amor, yo) crea una música sobria, mientras que los impares quedan sueltos. Esa alternancia da al texto un ritmo contenido, acorde con el tema: nada estalla, todo se ahoga. La continuidad sintáctica entre algunos versos refuerza la sensación de que el tiempo se detiene en ese instante decisivo.

En la segunda estrofa cambia la perspectiva temporal. Del pasado (“aquel día”) se pasa a un presente de caminos divergentes y a un futuro imaginado: “Yo digo aún”, “ella dirá”. La repetición de la estructura interrogativa crea un espejo. El yo se pregunta “¿por qué callé aquel día?”; ella, de manera paralela, dirá “¿por qué no lloré yo?”. No se dicen estas preguntas cara a cara; cada uno las guarda. La paradoja es que ambos piensan en su “mutuo amor”, pero ya no comparten camino. El adverbio “aún” indica que el pasado no se ha cerrado y que el arrepentimiento dura. El camino sirve como imagen de la vida: se bifurca, y el orgullo ha elegido una dirección.

Lo que hace significativo el poema es su capacidad de decir mucho con muy poco. No hay descripción física, ni contexto, ni nombres. Se concentra el drama en dos gestos y en dos palabras no dichas. El lirismo no nace de la anécdota, sino de la emoción contenida. Por eso la pieza sigue resonando: el orgullo y el miedo a la vulnerabilidad no pertenecen a una época. La pregunta final queda abierta, como una herida. Bécquer no necesita explicar el dolor: lo deja asomar, igual que la lágrima del primer verso.

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