Rima XXXVII — Resumen

Antes que tú me moriré: escondido En las entrañas ya El hierro llevo con que abrió tu mano La ancha herida mortal!

Antes que tú me moriré: y mi espíritu En su empeño tenaz, Sentándose á las puertas de la muerte, Allí te esperará.

Con las horas los días, con los días Los años volarán, Y á aquella puerta llamarás al cabo... ¿Quién deja de llamar?

Entonces, que tu culpa y tus despojos La tierra guardará, Lavándote en las ondas de la muerte Como en otro Jordán;

Allí, donde el murmullo de la vida Temblando á morir va, Como la ola que á la playa viene Silenciosa á espirar;

Allí, donde el sepulcro que se cierra Abre una eternidad... Todo cuanto los dos hemos callado Lo tenemos que hablar!

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El hablante se dirige a la persona amada con una certeza dolorosa: morirá antes que ella, herido de muerte por su mano. No es solo una herida física, sino una imagen de amor o abandono que lo consume. Aun así, su espíritu se quedará esperando junto a las puertas de la muerte; pase el tiempo que pase, ella también llegará, porque nadie escapa de ese final.

La muerte aparece como un río que lava la culpa, como un nuevo Jordán, y como un umbral hacia una eternidad donde el sepulcro se cierra y se abre otra vida. Allí, dice, todo lo que ambos callaron tendrán que hablarlo por fin. El tono es sombrío y sereno, mezcla de rencor, amor y espera. La voz no grita: anuncia, casi como un fantasma, que la verdad pendiente se dirá después de la muerte.

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