El hablante se dirige a la persona amada con una certeza dolorosa: morirá antes que ella, herido de muerte por su mano. No es solo una herida física, sino una imagen de amor o abandono que lo consume. Aun así, su espíritu se quedará esperando junto a las puertas de la muerte; pase el tiempo que pase, ella también llegará, porque nadie escapa de ese final.
La muerte aparece como un río que lava la culpa, como un nuevo Jordán, y como un umbral hacia una eternidad donde el sepulcro se cierra y se abre otra vida. Allí, dice, todo lo que ambos callaron tendrán que hablarlo por fin. El tono es sombrío y sereno, mezcla de rencor, amor y espera. La voz no grita: anuncia, casi como un fantasma, que la verdad pendiente se dirá después de la muerte.