En la serie «Versos sencillos», José Martí da voz a un hablante que, bajo la sombra de un ala, anuncia que va a contar un «cuento en flor». Esa promesa ya mezcla protección y fragilidad: el ala resguarda, la flor dura poco. Lo que sigue es la historia de la niña de Guatemala, «la que se murió de amor», repetida como estribillo hasta volverse leyenda. El poema no intenta explicar los hechos con realismo; los convierte en una ceremonia íntima donde la memoria y la culpa disputan con la explicación externa de la muerte.
La construcción refuerza ese tono de canción popular. Las nueve cuartetas octosílabas, con rima consonante alterna, tienen un ritmo rápido y musical, cercano a la balada. La repetición de estructuras —«él volvió, volvió casado», «ella se murió de amor»— imita un relato que se cuenta y se recuerda. Dentro de esa aparente sencillez hay un trabajo minucioso con los contrastes. La niña regala una «almohadilla de olor» al desmemoriado, objeto pequeño y perfumado que debía mantener vivo el recuerdo; el hombre, significativamente, olvida y regresa casado. La palabra compuesta «desmemoriado» condensa el verdadero conflicto: no es la frialdad del río lo que la destruye, sino el olvido amoroso.
La imaginería floral recorre el poema de principio a fin. Los ramos de lirios, las orlas de reseda y jazmín y la «caja de seda» evocan un entierro delicado, casi nupcial. Hay una desproporción deliberada entre el acontecimiento privado y el escenario público: la llevan en andas obispos y embajadores, y detrás va el pueblo en tandas, cargado de flores. Ese desfile solemne subraya la soledad esencial de la muchacha. Nadie parece detenerse en su deseo, en su salida al mirador para ver volver al amado. Frente al boato, el hablante guarda los detalles más íntimos: la «mano afilada», los «zapatos blancos», la frente que besó y que define como «la frente / que más he amado en mi vida». El poema se mueve entre dos registros: la pompa exterior y el duelo personal.
Esa dualidad se profundiza con el uso de las personas gramaticales. Al comienzo la historia aparece en tercera persona: «él volvió», «ella se murió». Pero en la estrofa sexta el hablante irrumpe en primera persona al recordar el beso de despedida, y más adelante afirma: «dicen que murió de frío, / yo sé que murió de amor». El calor de la frente amada, comparada con bronce candente, reaparece invertido en la frialdad del río y de la bóveda. El verbo «saber» no se apoya en pruebas, sino en la intimidad del sentimiento. El poema se permite corregir al doctor y a la opinión común: la causa física, el frío del río, no alcanza a nombrar la verdad. Ese contraste entre «dicen» y «yo sé» es el centro del texto. La poesía se presenta como una forma superior de conocimiento, capaz de leer la muerte como amor y no como accidente.
La ambigüedad no se resuelve. El hablante podría ser el propio desmemoriado, que se castiga al contarse en tercera persona; o podría ser un amante que amó sin ser atendido. Esa incertidumbre amplía el alcance del poema: no importa quién sea exactamente, sino que hay una pérdida que no se repara. El final condensa ese duelo: tras besar la mano y los zapatos blancos, el hablante espera callado y el enterrador lo llama al oscurecer. «Nunca más he vuelto a ver / a la que murió de amor» cierra el texto con una despedida sin consuelo. El cuento en flor, nacido a la sombra de un ala, termina en una bóveda helada. La sencillez formal de los «Versos sencillos» es, en realidad, una conquista: con palabras elementales y octosílabos, el poema convierte una tragedia íntima en símbolo perdurable del amor que la memoria no puede devolver.