La voz poética recuerda a una joven guatemalteca que murió de amor. Cuenta que ella regaló un cojín perfumado a un hombre olvidadizo; él se marchó, volvió casado y ella, al verlo con su esposa, no resistió la pena. El hablante la evoca con ternura: los ramos de lirios, la caja de seda, el cortejo con obispos y embajadores, y el momento en que besó su mano y sus zapatos blancos. Aunque dicen que murió de frío tras entrar al río, él insiste en que fue de amor. El tono es dolido y nostálgico, casi de leyenda, con un estribillo que fija la idea de una muerte por desengaño. El poema crea una atmósfera íntima y fúnebre, mezclando la belleza de las flores con el silencio del enterrador. Esa imagen final, con el enterrador llamándolo al oscurecer, subraya la soledad del que recuerda.
Versos sencillos (IX) — Resumen
Quiero, a la sombra de un ala, contar este cuento en flor: la niña de Guatemala, la que se murió de amor.
Eran de lirios los ramos; y las orlas de reseda y de jazmín; la enterramos en una caja de seda...
Ella dio al desmemoriado una almohadilla de olor; él volvió, volvió casado; ella se murió de amor.
Iban cargándola en andas obispos y embajadores; detrás iba el pueblo en tandas, todo cargado de flores...
Ella, por volverlo a ver, salió a verlo al mirador; él volvió con su mujer, ella se murió de amor.
Como de bronce candente, al beso de despedida, era su frente -¡ la frente que más he amado en mi vida!...
Se entró de tarde en el río, la sacó muerta el doctor; dicen que murió de frío, yo sé que murió de amor.
Allí, en la bóveda helada, la pusieron en dos bancos: besé su mano afilada, besé sus zapatos blancos.
Callado, al oscurecer, me llamó el enterrador; nunca más he vuelto a ver a la que murió de amor.