El hablante no describe un miedo, sino un deseo: morir al atardecer, en alta mar, con el rostro hacia el cielo. La agonía debería parecer un sueño y el alma un ave que se eleva. No quiere escuchar lamentos ni plegarias, sino quedarse a solas con el cielo y el mar, acompañado únicamente por el ruido majestuoso de las olas.
Ese escenario crea una atmósfera serena y melancólica. La muerte se imagina como un acto luminoso: igual que el sol retira sus redes doradas del mar y se pierde en el horizonte, el yo quisiera desaparecer como algo brillante que se desvanece. Además, desea morir joven, antes de que el tiempo destruya su "gentil corona", mientras la vida todavía le dice "soy tuya", aunque ambos sepan que es una promesa falsa. Hay, pues, una mezcla de anhelo estético, tristeza y conciencia de la traición del tiempo.