El hablante se dirige a su amada con una devoción absoluta y frágil: si ella dejara de quererlo, confiesa que se quitaría la vida. Su felicidad no le pertenece, sino que depende entera de la mirada, la voz y la cercanía de la mujer. La extraña con una melancolía casi infantil, llora al besar sus cartas y quisiera transformarse en viento, en sonrisa, en aliento, en todo lo que ella toca, para no estar separado ni un instante de su boca. Al final, al no hallar palabras suficientes, ofrece la imagen más extrema: abrirse el pecho y dejar su corazón palpitante en las manos de la amada. El tono es intensamente romántico, idealizador y sombrío; mezcla ternura, súplica y una amenaza de aniquilación. Más que celebrar un amor correspondido, crea una atmósfera de entrega desesperada, donde amar se confunde con padecer y con desaparecer en el otro.
El alma en los labios — Resumen
Cuando de nuestro amor la llama apasionada dentro de tu pecho amante contemples extinguida, ya que sólo por ti la vida me es amada, el día en que me faltes me arrancaré la vida.
Porque mi pensamiento, lleno de este cariño que en una hora feliz me hiciera esclavo tuyo, Lejos de tus pupilas es triste como un niño que se duerme soñando en tu acento de arrullo.
Para envolverte en besos quisiera ser el viento y quisiera ser todo lo que tu mano toca; ser tu sonrisa, ser hasta tu mismo aliento, para poder estar más cerca de tu boca.
Vivo de tu palabra, y eternamente espero llamarte mía, como quien espera un tesoro. lejos de ti comprendo lo mucho que te quiero y, besando tus cartas, ingenuamente lloro.
Perdona que no tenga palabras con que pueda decirte la inefable pasión que me devora; para expresar mi amor solamente me queda rasgarme el pecho, Amada, y en tus manos de seda ¡Dejar mi palpitante corazón que te adora!