Rubén Darío les habla a una araña, un sapo, un cangrejo, los moluscos, un grillo y un oso como si fueran discípulos de una sabiduría antigua. Les pide que saluden al sol, que agradezcan existir y que no carguen rencor. La idea central es una invitación a aceptar la propia forma: cada criatura es un enigma con apariencia concreta, y su única tarea es ser lo que es. La responsabilidad última no recae en ella, sino en unas Normas abstractas que, a su vez, la entregan a Dios.
El tono es cariñoso y juguetón, casi de fábula cósmica. Esa mezcla de animales pequeños con preguntas metafísicas crea un ambiente de asombro sereno, como si el mundo natural respondiera con su simple presencia y su música nocturna —el grillo a la luz de la luna, el oso que baila— a las inquietudes humanas. Por eso el título, «Filosofía», suena a la vez serio y sonriente.