Rubén Darío, figura central del modernismo hispanoamericano, convierte una escena de cuento de hadas en una meditación sobre el deseo y la libertad. Una princesa pálida está sentada en su silla de oro, con el clave mudo y una flor desmayada en un vaso. Alrededor todo es brillo y artificio —pavos reales, dueña parlanchina, bufón vestido de rojo—, pero ella ni ríe ni siente. Desde la primera estrofa, el lujo no es vida sino decorado: la corte celebra su triunfo mientras la princesa se ausenta.
El poema no explica la tristeza; la rodea. La pregunta inicial —«¿qué tendrá la princesa?»— queda sin respuesta, y por eso la melancolía se vuelve un estado, no un conflicto. La voz enumera pretendientes de geografía fabulosa: el príncipe de Golconda o de China, el rey de las Islas de las rosas fragantes, el dueño de las perlas de Ormuz. Sin embargo, el deseo íntimo es otro: «quiere ser golondrina, quiere ser mariposa». La anáfora y el salto del pretérito —«ha perdido la risa»— al presente de deseo —«quiere»— marcan un giro: la princesa no espera a un hombre, sino una transformación, una ligereza que la saque de sí misma.
La construcción refuerza ese movimiento. «Sonatina» está escrita en ocho sextetos de versos alejandrinos, con rima AABCCB. El alejandrino, partido en dos hemistiquios de siete sílabas, produce un balanceo de canción; por eso la repetición de «La princesa está triste. La princesa está pálida» funciona como un estribillo musical. El título ya orienta hacia la música: una sonatina es una pieza breve, y aquí la sonoridad no es adorno sino materia del sentido. Rubén Darío acumula nombres preciosos y colores —oro, escarlata, azur, rosas, marfil— y los organiza en rimas internas y paralelismos que envuelven al lector antes de que aparezca una idea cerrada.
Las imágenes insisten en el encierro. La princesa «está presa en sus oros, está presa en sus tules», en «la jaula de mármol del palacio real», custodiada por guardias con alabardas, un lebrel y un dragón colosal. Los adornos se han vuelto barrotes: el oro y el tul, que deberían embellecerla, la aprisionan. Frente a ese mundo cerrado, el poema coloca verbos de vuelo y de fuga: «volar», «ir al sol», «saludar a los lirios», «perderse en el viento sobre el trueno del mar». La libélula que persigue por el cielo de Oriente es «vaga», y la ilusión también es «vaga»; el objeto del deseo no tiene contorno, y por eso duele más. Hasta la flor del vaso es un doble de la princesa: bella, cortada, inmóvil. Más adelante «están tristes las flores por la flor de la corte», como si la naturaleza reconociera en ella a una hermana separada de su raíz.
El final cambia de tono. El hada madrina dice: «Calla, calla, princesa», y anuncia a un caballero con caballo alado, espada y azor, «vencedor de la Muerte», que llega a encenderle los labios con su beso de amor. El deseo de fuga no se resuelve en un escape real, sino en una promesa de cuento: el ideal erótico y espiritual viene de lejos para redimir la espera. La melancolía no se cura con un objeto de la corte, sino con la llegada de un amor que también es una figura de lo absoluto.
La significación de «Sonatina» está en su capacidad de renovar el idioma poético en español. No cuenta una anécdota; la sumerge en sonoridad, lujo exótico y melancolía. El modernismo de Darío veía la belleza como fin, y la princesa encerrada en sus oros puede leerse como el alma que siente el presente como una jaula y aspira a un más allá. Por eso los cisnes, los pavos reales, las gemas y los jardines no son simples adornos: forman una retórica del deseo que dejó una huella duradera en la poesía hispánica.