Rubén Darío pinta un atardecer marino en el que todo parece cubrirse de luto: el cielo se viste de duelo, el mar de terciopelo y el aire se llena de sonidos graves. La tarde gris y triste no es solo un decorado: es un estado de ánimo que lo envuelve todo. El hablante no narra una escena exterior, sino que escucha y siente: la ola llora cuando el viento canta, la bruma despide al sol como violines, la espuma entona un miserere. El paisaje se humaniza y se convierte en una queja amarga y sonora que sube del abismo. La brisa se lleva esa canción triste y profunda del mar, mientras el horizonte responde con una sinfonía extraña, como si la voz del monte vibrara o el viento rugiera como un león. Es un crepúsculo cargado de melancolía, misterio y una belleza oscura, casi sagrada.
Tarde del trópico — Resumen
Es la tarde gris y triste. Viste el mar de terciopelo y el cielo profundo viste de duelo.
Del abismo se levanta la queja amarga y sonora. La onda, cuando el viento canta, llora.
Los violines de la bruma saludan al sol que muere. Salmodia la blanca espuma; miserere.
La armonía el cielo inunda, y la brisa va a llevar la canción triste y profunda del mar.
Del clarín del horizonte brota sinfonía rara, como si la voz del monte vibrara.
Cual si fuese lo invisible... cual si fuese el rudo son que diese al viento un terrible león.