En la calma de la noche, un hombre baja al jardín buscando alivio para sus nostalgias. Allí observa a Venus brillando en el cielo oscuro y la imagina como un jazmín dorado incrustado en ébano. La imagen se transforma: el planeta ya no es solo un astro, sino una reina oriental que espera a su amante o avanza en un palanquín. El hablante le habla directamente y le confiesa su deseo de abandonar su cuerpo, su crisálida, para volar hasta ella, besar sus labios de fuego y quedar envuelto en su luz.
El tono es íntimo y exaltado, pero también melancólico. Frente a ese impulso idealista, la noche refresca el aire y Venus responde con una mirada triste desde el abismo. La escena deja la sensación de un anhelo amoroso intenso y de una distancia imposible de salvar.