Rubén Darío, poeta nicaragüense y figura central del modernismo hispánico, convierte a Walt Whitman en una figura a la vez bíblica, clásica y moderna. No construye una biografía: levanta un icono. Desde el primer verso, Whitman habita un “país de hierro”, imagen que condensa la modernidad industrial de Estados Unidos y, a la vez, la dureza de un mundo material. Allí “vive el gran viejo”, calificado de “bello como un patriarca, sereno y santo”. La vejez no sugiere fragilidad, sino autoridad moral y calma.
El poema es un soneto de amplio aliento, con versos de arte mayor y rima consonante. Los cuartetos alternan sus rimas —viejo/entrecejo, santo/encanto; espejo/añejo, manto/canto— y los tercetos mantienen una alternancia semejante: divino/marino/camino frente a mejor/trabajador/emperador. La forma cerrada contrasta con la energía expansiva de la figura: Darío encierra en catorce versos la voz de un profeta. Los cuartetos presentan al personaje; los tercetos lo convierten en palabra y acción.
La mirada se apoya en lo visual y en lo táctil. La “arruga olímpica de su entrecejo” transforma una marca del tiempo en signo de nobleza clásica; los “cansados hombros” resultan “dignos del manto”, como si el cuerpo del poeta pudiera cargar una dignidad sagrada. La imagen central, “su alma del infinito parece espejo”, sugiere que el interior de Whitman no se limita a su tiempo ni a su geografía, sino que refleja algo sin bordes. Su canto nace de un “arpa labrada de un roble añejo”, instrumento rústico y noble que une tradición y voz nueva.
El vocabulario religioso —patriarca, profeta, sacerdote, soplo divino, anuncia— empuja el retrato hacia lo sagrado, pero los símbolos siguientes lo devuelven a la tierra: el águila, el marino y el trabajador. En el primer terceto, el poeta no describe: ordena y bendice. Los imperativos “¡Vuela!”, “¡Boga!”, “¡Trabaja!” abarcan tres ámbitos —aire, mar y trabajo humano— y convierten el canto en un mensaje de movimiento, no de contemplación pasiva. El “tiempo mejor” que anuncia no está fuera del mundo, sino dentro de él y debe ganarse con la acción.
La idea central es la celebración del poeta como profeta moderno: alguien que no reniega del mundo material, sino que lo eleva. Darío funde la sensibilidad del modernismo hispánico con la vitalidad expansiva de Whitman. El “país de hierro” no es solo un escenario; es el desafío al que el canto responde.
La significación del poema radica en ese encuentro entre dos poéticas. Desde Hispanoamérica, Darío reconoce en Whitman a un “profeta nuevo” que no se parece al bardo antiguo ni al poeta decadente: es un patriarca de la democracia, un emperador sin trono, cuya majestad reside en el canto y en el rostro. La imagen final, “su soberbio rostro de emperador”, devuelve grandeza simbólica a un hombre concreto. El poema no es un simple homenaje: es una fundación de linaje, la manera en que el modernismo hispánico se reconoce heredero del canto robusto y libre de América.