Rubén Darío presenta a Walt Whitman como una figura casi sagrada: un anciano sereno, bello y venerable que vive en el “país de hierro”, imagen de una nación industrial y poderosa. No lo muestra como un escritor común, sino como patriarca y profeta: su rostro transmite autoridad, su alma refleja lo infinito y su canto tiene la fuerza de un arpa antigua. El hablante no observa desde la distancia, sino que celebra su grandeza. El tono es solemne y esperanzado: Whitman anuncia un futuro mejor y reparte mandatos vitales —volar, navegar, trabajar— como quien bendice la energía del mundo. Al final, se le ve avanzar con seguridad, dueño de un rostro imperial. La impresión general es de reverencia y optimismo, un homenaje cálido y grandioso a la figura del poeta como guía.
Walt Whitman — Resumen
En su país de hierro vive el gran viejo, bello como un patriarca, sereno y santo. Tiene en la arruga olímpica de su entrecejo, algo que impera y vence con noble encanto.
Su alma del infinito parece espejo; son sus cansados hombros dignos del manto; y con arpa labrada de un roble añejo, como un profeta nuevo canta su canto.
Sacerdote, que alienta soplo divino, anuncia en el futuro tiempo mejor. Dice al águila: «¡Vuela!» «¡Boga!» al marino,
y «¡Trabaja!» al robusto trabajador. ¡Así va ese poeta por su camino con su soberbio rostro de emperador!