Alfonsina Storni convierte la despedida en una ceremonia íntima en «Voy a dormir». La voz no anuncia la muerte ni la nombra: pide que la acuesten. Desde el primer verso, la naturaleza aparece como una «nodriza fina» con «dientes de flores», «cofia de rocío» y «manos de hierbas». Esa figura materna debe tener listas «las sábanas terrosas / y el edredón de musgos escardados»: la tumba se vuelve cama y el morir, un sueño.
El poema está construido como un soneto libre de catorce endecasílabos en dos cuartetos y dos tercetos, pero sin rima. Ese verso blanco produce una cadencia de nana, contenida y casi susurrada, mientras los encabalgamientos dejan que una idea repose sobre la siguiente. Por ejemplo, el pájaro que «te traza unos compases / para que olvides...» extiende el gesto musical más allá del corte de verso.
En el segundo cuarteto, la hablante pide una lámpara: «Ponme una lámpara a la cabecera; / una constelación, la que te guste; / todas son buenas: bájala un poquito.» Lo cósmico se vuelve doméstico: una constelación entera sirve de lámpara de noche y puede bajarse un poco, como para no desvelar a quien ya se entrega. Ese «todas son buenas» también es importante: no hay elección ni exigencia, solo aceptación.
Después llega un gesto paradójico. Pide «Déjame sola» y, a la vez, consuela a la nodriza: le hace oír los brotes que se abren, imagina un pie celeste que la acuna y un pájaro que le traza compases «para que olvides...». La atención pasa del yo al tú; quien se despide cuida a quien la cuida. Es una manera de evitar el patetismo y de convertir la partida en un recíproco arrullo.
El cierre rompe ese clima. «Gracias. Ah, un encargo: / si él llama nuevamente por teléfono / le dices que no insista, que he salido...» El pronombre «él» queda deliberadamente impreciso, y el teléfono introduce el mundo contemporáneo dentro de la escena natural. La frase «que he salido» es coloquial y elusiva: no dice «he muerto», sino que ha salido, como si la muerte pudiera anunciarse con una excusa cotidiana. Ese final deja una fisura de dolor o de hastío que contrasta con la serenidad anterior.
Por eso el poema es significativo: logra una despedida sin estridencias, hecha de cortesía, naturaleza y silencio. Compuesto hacia el final de la vida de Storni, suele leerse como una despedida; aun sin ese dato, el texto se sostiene como una meditación sobre la muerte convertida en sueño. Su fuerza está en la mezcla de lo cósmico y lo diario —la constelación-lámpara y el teléfono— y en una voz femenina que no suplica ni se lamenta, sino que pide, ordena con dulzura y, al final, deja un encargo.