El hablante, lejos de su tierra, recuerda a una mujer andina llamada Rita, ligada al junco, al capulí y a las cañas de mayo. Desde un presente que lo asfixia —esa Bizancio simbólica— la imagina en su mundo cotidiano: sus manos que planchaban, su falda de franela, su modo de andar. No sabe qué ha sido de ella, y esa incertidumbre se mezcla con una tristeza honda. La lluvia actual le quita las ganas de vivir; la sangre dormita como un coñac flojo, y todo sugiere cansancio, distancia y pérdida. El poema termina con una escena casi fantasmal: Rita a la puerta mirando las nubes, diciendo temblorosa que hace frío, mientras un pájaro salvaje llora en las tejas. Esa imagen final condensa el tono elegíaco: el idilio ya no pertenece al presente, sino a una memoria dulce y muerta.
Idilio muerto — Resumen
Qué estará haciendo esta hora mi andina y dulce Rita de junco y capulí; ahora que me asfixia Bizancio, y que dormita la sangre, como flojo cognac, dentro de mí.
Dónde estarán sus manos que en actitud contrita planchaban en las tardes blancuras por venir; ahora, en esta lluvia que me quita las ganas de vivir.
Qué será de su falda de franela; de sus afanes; de su andar; de su sabor a cañas de mayo del lugar.
Ha de estarse a la puerta mirando algún celaje, y al fin dirá temblando: «Qué frío hay... Jesús!» y llorará en las tejas un pájaro salvaje.