«Yo tenía... ¡dos alas!...»: desde el primer verso, Delmira Agustini, poeta uruguaya del modernismo, no describe una pérdida cualquiera, sino la caída de una dimensión entera. La voz poética recuerda unas alas que fueron raíces siderales, milagro, firmamento, tormenta y vuelo. Tras un sueño en el bosque, despertada por una sonrisa, descubre que ya no están: alguien las ha visto deshacerse entre sus brazos, “como un deshielo”. El poema escenifica así el choque entre una aspiración celeste, libre y creadora, y la gravedad de un amor o de un abrazo humano que la disuelve. No es solo perder un objeto simbólico: es perder una manera de habitar el cosmos.
La construcción refuerza esa tensión. El poema se mueve en verso libre, cercano al versículo, sostenido por la repetición de “Dos alas” como un estribillo que combate el olvido. Las pausas, los puntos suspensivos y las exclamaciones fragmentan el discurso: “¡raíces!...”, “¿Mis alas?...”. Esa puntuación entrecortada es emocional: reproduce el asombro, la duda y la pérdida. El texto avanza por enumeraciones y paralelismos (“dos alas / como dos firmamentos / como tormentas, con calmas y con astros...”), de modo que el ritmo no nace de una rima regular, sino de la insistencia y de la alternancia entre versos amplios y cortes abruptos.
Las imágenes construyen un universo de altura, luz y movimiento. Las alas “vivían del azur” y eran “siderales raíces”, una paradoja que invierte el árbol de la vida: sus raíces no se hunden en la tierra, sino en el cielo. Por eso contienen “todos los milagros de la vida, la Muerte y la ilusión”: son órganos totales. Aparecen como “fulmíneas / como el velamen de una estrella en fuga”, donde el relámpago y la vela sugieren navegación y velocidad; son también “dos firmamentos”, no una parte del cosmos, sino cosmos enteros con tormentas, calmas y astros. El recuerdo de su gloria mezcla los sentidos: un “áureo campaneo”, un “inefable matiz” que atesora “el Iris todo, más un Iris nuevo”. El vuelo es “ardiente, adorante y único”: “despertó soles, bólidos, tormentas, / abrillantó los rayos y los astros”. Las alas tenían “calor y sombra para todo el mundo” y llegaron a “incubar más allá”, como una potencia creadora sin límites.
El giro llega con el descenso. “Un día, raramente / desmayados a la tierra”, la hablante se duerme en “las felpas profundas de este bosque”. El bosque es blando, acogedor, casi sensual; el sueño trae “divinas cosas”, pero la despierta “una sonrisa tuya”. En ese contacto humano se produce el vacío: “¡Y no siento mis alas!”. La respuesta no viene de la propia voz, sino de otra, en una línea final estremecedora: “—Yo las vi deshacerse entre mis brazos... / ¡Era como un deshielo!”. El verbo “deshacerse” y la imagen del deshielo transforman la pérdida en un proceso lento, húmedo, íntimo. No hay violencia, sino disolución; las alas celestes se vuelven agua entre unos brazos. La sonrisa, el abrazo y la tierra se oponen así al azur, al vuelo y al astro.
Lo significativo de «Las alas» es que convierte una crisis íntima en un drama cósmico. Agustini da voz a una hablante que no pide permiso para poseer alas, para volar, para nombrar su propia gloria. La pérdida queda ambigua: puede leerse como el precio de un amor que ata, como la entrada en la madurez o como la fragilidad de toda inspiración. El poema no moraliza, no dice si el deshielo es derrota o transformación. Esa ambigüedad, junto con su verso libre y su imaginería fulmínea, lo convierte en una pieza intensa y moderna: un lamento por lo infinito que se disuelve al tocar lo humano.