La voz poética recuerda haber tenido dos alas inmensas, luminosas, unidas al cielo, a las estrellas y a los milagros. Su vuelo era ardiente y casi divino: despertaba soles, tormentas y parecía abarcar el mundo entero. Sin embargo, un día cae adormecida en un bosque, sueña cosas maravillosas y una sonrisa la despierta. Entonces descubre que ya no siente sus alas: las ve deshacerse entre sus brazos como un deshielo.
El poema crea un clima de nostalgia, asombro y pérdida. Esas alas parecen representar la libertad, la inspiración o una fuerza visionaria que se disuelve al contacto con el amor o la realidad. No hay enojo, sino una melancolía suave y extraña. El final, íntimo y silencioso, deja a la voz ante un vacío profundo: la conciencia de que algo inmenso se ha desvanecido para siempre.