Bécquer encadena cuatro imágenes de movimiento: una saeta lanzada al azar, una hoja seca arrastrada por el vendaval, una ola empujada en el mar y una luz a punto de apagarse. Ninguna sabe dónde va a parar; todas existen en un presente sin rumbo. En la última estrofa, el hablante se identifica con ellas: también él cruza el mundo sin pensar de dónde viene ni adónde lo llevan sus pasos. No hay desesperación: hay una melancolía serena, una aceptación resignada de la incertidumbre. El poema crea un ambiente contemplativo y frágil, lleno de belleza y fugacidad. La repetición de la idea de no saber, no acertar, ignorar refuerza la sensación de que vivir es avanzar a ciegas, como los elementos de la naturaleza. Por eso las imágenes no se resuelven: quedan suspendidas, como la propia vida.
Rima II — Resumen
Saeta que voladora Cruza, arrojada al azar, Sin adivinarse dónde Temblando se clavará;
Hoja que del árbol seca Arrebata el vendaval, Sin que nadie acierte el surco Donde á caer volverá;
Gigante ola que el viento Riza y empuja en el mar, Y rueda y pasa, y no sabe Qué playa buscando va;
Luz que en cercos temblorosos Brilla, próxima á espirar, Ignorándose cuál de ellos El último brillará;
Eso soy yo, que al acaso Cruzo el mundo, sin pensar De dónde vengo, ni adónde Mis pasos me llevarán.