Un verbo domina la escena: besar. En la rima IX de Bécquer, el aire se acerca a las ondas, el sol toca una nube, la llama se desliza hacia otra llama y el sauce devuelve al río el beso que recibe. No es una descripción estática, sino una cadena de contactos que unifica lo aparentemente distinto. La idea central es que la inclinación a unirse —el amor, en su sentido más amplio— rige todo lo creado: lo ligero como el aire, lo luminoso como el sol, lo ardiente como el fuego y lo vegetal como el sauce. La naturaleza entera aparece regida por una profunda simpatía.
La forma de la estrofa refuerza ese movimiento. Se trata de una octava real: ocho versos endecasílabos con rima consonante ABABABCC. La alternancia entre las terminaciones en -ente y en -iza produce un vaivén sonoro parecido al balanceo del agua y del aire; el pareado final en -eso cierra la estrofa con la firmeza de un abrazo. El encabalgamiento entre el primer verso y el segundo, “Las leves ondas que jugando riza”, mantiene la frase en marcha: la caricia del aura no se detiene en la pausa del verso, sino que se prolonga en la ondulación dibujada sobre el agua. A ello contribuyen los sonidos líquidos de “leves ondas” y la suavidad sibilante de “besa el aura que gime blandamente”, que envuelven la escena en un contacto delicado, sin violencia.
Cada imagen humaniza su elemento a través del verbo. El aura “gime blandamente”, no sopla con fuerza; el sol “besa” la nube y, al hacerlo, la “matiza” de púrpura y oro, como si la unión añadiera color a la realidad. La mención del Occidente sitúa ese beso en la hora del crepúsculo, cuando el mundo parece inclinarse hacia el descanso. La llama “por besar a otra llama se desliza”: el fuego no arde en soledad, busca a su semejante; su movimiento alrededor del tronco ardiente sugiere una danza. La palabra “hasta” marca un giro revelador: incluso el sauce, inclinado por su propio peso, “al río que le besa, vuelve un beso”. El árbol no es solo receptor; responde. Con ese verso final, la cadena de besos deja de ser unilateral y se convierte en reciprocidad. Incluso la fuerza que lo inclina se transforma en cortesía: el peso del sauce lo acerca al agua para devolverle el contacto.
La significación de la rima está en la manera de unir música, imagen e idea. Bécquer no necesita mitos ni argumentos complejos: le basta una serie de gestos naturales para sugerir que el universo se mantiene unido por un principio de atracción. El paisaje no es decorado; es el cuerpo visible de una ley afectiva. La aparente sencillez de los versos esconde una intuición de gran alcance: todo busca complementarse y corresponder. Por eso la composición se lee como una declaración de fe en la reciprocidad amorosa que sostiene el mundo, expresada con una naturalidad y una fluidez que hacen memorable cada beso.