Pocas rimas de Bécquer condensan con tanta nitidez el choque entre el regreso de la primavera y la pérdida irreparable del amor. «Rima LIII», perteneciente a las Rimas del poeta sevillano, plantea una antítesis constante: las golondrinas, las madreselvas e incluso las palabras amorosas volverán, pero no volverá aquello que un día las hizo únicas. Es una queja íntima dirigida a un «tú» amado, que desemboca en un desengaño seco, casi cruel, en el último verso.
La construcción del poema hace visible ese doble movimiento. El texto combina versos de arte mayor y menor en una silva asonantada: la rima, asonante, se apoya en los versos pares —colgar / llamarán, abrirán / volverán, despertar / querrán—. Ese vaivén rítmico, a veces descriptivo y a veces cortante, sostiene la antítesis. Cada estrofa se abre con la promesa de un regreso —«Volverán...»— y se quiebra con un «Pero...». Las pausas y los puntos suspensivos después de «Esas...» no son decorativos: crean un vacío en el que el lector siente la ausencia antes de que llegue la negación rotunda: «¡no volverán!». La repetición casi idéntica de la estructura convierte la emoción en obsesión, como si el yo poético no pudiera dejar de recordar.
La naturaleza no funciona aquí como un simple escenario. Las golondrinas no son todas iguales: unas colgarán sus nidos y jugarán con las alas en los cristales; otras, en cambio, «el vuelo refrenaban / tu hermosura y mi dicha a contemplar», y esas aprendieron «nuestros nombres». El posesivo lo dice todo: la golondrina que conoce el nombre de los amantes es ya una criatura de la memoria, no de la primavera. Algo parecido ocurre con las madreselvas: las tupidas volverán a escalar las tapias y abrirán sus flores, pero las que estaban «cuajadas de rocío», cuyas gotas los amantes miraban «temblar / y caer, como lágrimas del día», desaparecen para siempre. La imagen de las gotas como «lágrimas del día» condensa dolor y belleza: la naturaleza misma parecía llorar, o quizá solo los enamorados veían lágrimas donde había rocío.
La última estrofa da un giro hacia el interior. Ya no hay golondrinas ni jardines; hay palabras de amor que podrán sonar de nuevo en los oídos de la amada y un corazón que «tal vez» despertará. El adverbio «tal vez» introduce duda, distancia. Y de inmediato el poema opone la manera única de amar del yo: «mudo y absorto y de rodillas, / como se adora a Dios ante su altar». La comparación religiosa eleva el amor a acto de adoración, no a simple pasión pasajera. Por eso el final no admite consuelo: «desengáñate, / así no te querrán!». Ese «así» concentra todo lo anterior: con esa intensidad, con esa humildad, con esa entrega, no la querrán. El imperativo «desengáñate» rompe la aparente serenidad de las estrofas y deja al descubierto la herida.
La significación del poema está en su capacidad para transformar un lamento amoroso en una meditación sobre el tiempo. Lo que vuelve no trae de vuelta al ser amado ni al amor vivido: la golondrina que regresa es otra golondrina; la flor que se abre es otra flor. Bécquer logra expresar esa verdad con una economía de recursos admirable: sin moralinas, mediante imágenes, cortes y repeticiones, sugiere que la pérdida no está en la naturaleza, sino en la mirada que la convierte en testigo. Pocas veces la poesía española ha dicho con tanta sobriedad que hay amores que no admiten sustitutos.