El hablante se dirige a una persona amada con una certeza agridulce: las golondrinas volverán a colgar sus nidos en el balcón, las madreselvas treparán por las tapias y las palabras de amor volverán a sonar. Pero no regresarán aquellas golondrinas que contemplaban la hermosura de ella y la dicha de él, ni las flores llenas de rocío que miraban temblar como lágrimas del día. El contraste crea una nostalgia contenida: la naturaleza es cíclica, pero la vivencia compartida es irrepetible. Al final, el tono se vuelve más íntimo y dolido, casi una advertencia: tal vez otro amor despierte su corazón, pero, desengáñate, nadie la querrá con la devoción silenciosa, absorta y arrodillada con que él la ha querido. No hay grito ni reclamo violento; el dolor es sereno y por eso más hondo.
Rima LIII — Resumen
Volverán las oscuras golondrinas En tu balcón sus nidos á colgar, Y, otra vez, con el ala á sus cristales Jugando llamarán.
Pero aquellas que el vuelo refrenaban Tu hermosura y mi dicha á contemplar, Aquellas que aprendieron nuestros nombres... Esas... ¡no volverán!
Volverán las tupidas madreselvas De tu jardín las tapias á escalar, Y otra vez á la tarde, aun más hermosas, Sus flores se abrirán;
Pero aquéllas, cuajadas de rocío, Cuyas gotas mirábamos temblar Y caer, como lágrimas del día... Esas... ¡no volverán!
Volverán del amor en tus oídos Las palabras ardientes á sonar; Tu corazón de su profundo sueño Tal vez despertará;
Pero mudo y absorto y de rodillas, Como se adora á Dios ante su altar, Como yo te he querido... desengáñate, Así no te querrán!