Rima LXIX — Análisis del poema

Al brillar un relámpago nacemos, Y aún dura su fulgor cuando morimos: ¡Tan corto es el vivir!

La gloria y el amor tras que corremos, Sombras de un sueño son que perseguimos: ¡Despertar es morir!

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Un relámpago se enciende y, antes de que su brillo se apague, una vida entera ha transcurrido. Así plantea Bécquer en la «Rima LXIX» una de las imágenes más exactas de la fugacidad humana. Nacer y morir no aparecen como extremos separados por años, sino como dos gestos contenidos en un mismo resplandor. El verso inicial, «Al brillar un relámpago nacemos», convierte el nacimiento en un acontecimiento luminoso y brevísimo; el segundo, «Y aún dura su fulgor cuando morimos», sugiere que la claridad todavía persiste cuando la muerte llega, pero que no va más allá. De ahí el grito del verso corto: «¡Tan corto es el vivir!», que quiebra el aliento y deja la exclamación suspendida.

La segunda estrofa desplaza la imagen de la luz hacia la del sueño. La gloria y el amor, dos aspiraciones humanas de primera magnitud, quedan reducidas a «sombras de un sueño» que perseguimos. El verbo «perseguimos» dice mucho: indica deseo, movimiento, esfuerzo, pero también imposibilidad, porque una sombra no se alcanza. La palabra «sombras» conserva el eco visual del relámpago anterior, pero lo invierte: si la luz era brevísima pero real, las sombras son irreales desde el principio. El poema culmina en una paradoja: «¡Despertar es morir!». Despertar, que normalmente significa abrir los ojos a lo real, aquí se identifica con la muerte; la vida, por tanto, queda asimilada a un sueño del que solo se sale muriendo.

La construcción es de una simetría casi perfecta. Dos estrofas de tres versos repiten el mismo esquema: dos versos de arte mayor preparan una idea, y un verso breve la remata con una exclamación. La rima refuerza ese paralelismo: «nacemos» rima con «corremos», «morimos» con «perseguimos», y los dos versos cortos, «vivir» y «morir», cierran con una oposición rotunda entre infinitivos. El empleo de la primera persona del plural —«nacemos», «morimos», «corremos», «perseguimos»— convierte la experiencia en algo común a toda la humanidad; no es el lamento de un yo aislado, sino una constatación de lo que les sucede a todos.

Merece atención la gradación de la luz. El «relámpago» es una descarga instantánea, violenta; el «fulgor» es su resto, una claridad ya debilitada. La vida se sitúa entre ambos, en ese breve tránsito del destello al rescoldo. Luego el campo semántico cambia: «gloria», «amor», «sombras», «sueño», «despertar», «morir» forman una cadena de desengaño. No se dice que la gloria y el amor sean falsos; se dice que son «sombras de un sueño», es decir, proyecciones ilusorias de una conciencia que sueña. La desesperanza no se presenta con amargura, sino con una lucidez extraña, casi serena.

Dentro de las Rimas, publicadas póstumamente, esta pieza condensa dos grandes temas —la brevedad de la vida y la vida como sueño— en muy pocas palabras y sin retórica. Bécquer no describe ni argumenta: hace brillar una imagen y la quiebra con una exclamación. Esa combinación de verso largo y verso corto, de metáfora natural y sentencia, da al poema una intensidad que permanece en la memoria. Al final, el lector no siente solo la fugacidad del vivir; siente también la extraña inquietud de un despertar que es, al mismo tiempo, la muerte y la posible disolución del sueño.

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