Dos preguntas abren la Rima LXVI y la organizan en dos movimientos simétricos: de dónde viene el yo y adónde va. La respuesta no es un lugar geográfico, sino una geografía interior hecha de heridas y de ausencia. Para narrar el origen, la voz manda buscar “el más horrible y áspero / de los senderos”, seguir unas huellas ensangrentadas sobre la roca dura y hallar “los despojos de un alma hecha jirones / en las zarzas agudas”. Para narrar el destino, ordena cruzar “el más sombrío y triste / de los páramos” y un valle de nieves eternas y melancólicas brumas, hasta llegar a una piedra solitaria sin inscripción donde habita el olvido. La idea central es, por tanto, un tránsito: se nace del dolor y se muere en el anonimato; la única identidad del yo es la del sufrimiento y la desaparición.
Esa visión no se apoya en anécdotas ni en confesiones, sino en una construcción verbal muy calculada. Las dos estrofas son paralelas, casi especulares: cada una comienza con una interrogación sobre el propio ser y se resuelve con un imperativo —“busca”, “cruza”— que convierte a quien lee en testigo o en caminante. Los versos alternan medidas breves y largas, heptasílabos y endecasílabos, y la rima asonante de los pares en u-a —busca, dura, agudas, cuna; cruza, brumas, alguna, tumba— abre sonidos graves y oscuros, como si la voz no quisiera cerrarse del todo. La sintaxis también contribuye: los complementos se anticipan, los encabalgamientos fragmentan la frase y las enumeraciones parecen avanzar a tropezones, igual que los pasos por un camino difícil. De ese modo, el poema no describe el dolor; lo reproduce en su ritmo.
El vocabulario es reducido, pero cada palabra pesa. Roca, zarzas, nieves y brumas forman un paisaje de dureza y frío; pies ensangrentados y alma hecha jirones muestran un cuerpo y un espíritu desgarrados, sin rostro ni contorno. En ese universo no hay nombres, fechas ni lugares propios: cuna y tumba, palabras tradicionales de nacimiento y muerte, se vacían de consuelo. El olvido, además, no es una idea abstracta, sino un espacio habitado; la piedra “sin inscripción alguna” concentra ese final sin memoria. Bécquer, cuyas Rimas vieron la luz póstumamente en 1871, lleva aquí el Romanticismo español hacia una desnudez casi simbólica: la emoción no se narra, se dibuja en objetos y caminos.
La significación de la Rima LXVI está en esa condensación extrema. Con muy pocos elementos, la voz transforma la pregunta por el origen y el destino en una alegoría sin moraleja: no hay Dios, ni patria, ni amada que dé respuesta, solo un paisaje que se recorre. Por eso el poema sigue interpelando: habla de una experiencia universal —sentirse arrojado al dolor y destinado al olvido— mediante imágenes que, sin embargo, parecen íntimas y únicas. Ese equilibrio entre lo personal y lo despojado es una de las cimas del lirismo de Bécquer.