Rima VII — Análisis del poema

Del salón en el ángulo oscuro, De su dueño tal vez olvidada, Silenciosa y cubierta de polvo Veíase el arpa.

¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas, Como el pájaro duerme en las ramas, Esperando la mano de nieve Que sabe arrancarla!

¡Ay! pensé; ¡cuántas veces el genio Así duerme en el fondo del alma, Y una voz, como Lázaro, espera Que le diga: «¡Levántate y anda!»

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En la penumbra de un salón, un arpa arrinconada, silenciosa y cubierta de polvo, se ofrece a la mirada antes de convertirse en símbolo. El hablante la descubre en un ángulo oscuro y, desde esa visión, pasa a interrogarse por lo que allí duerme. La rima VII plantea una idea central: el genio, la inspiración o la voz poética no siempre están ausentes; con frecuencia viven agazapados en el fondo del alma, como notas que nadie ha pulsado, esperando una mano o una palabra que los despierte.

Formalmente, el texto avanza en tres estrofas de cuatro versos. Los versos pares riman en asonante a-a —olvidada y arpa, ramas y arrancarla, alma y anda— mientras los impares quedan libres. Esa rima abierta, sin consonancia plena, crea un sonido suspendido, como si la música aludida no terminara de sonar. Cada estrofa remata en un verso más breve: «Veíase el arpa», «Que sabe arrancarla», «Levántate y anda». Ese cierre abrupto deja la frase a punto de romperse, igual que el arpa guarda una nota a punto de brotar.

La primera imagen es casi pictórica: un salón, un ángulo oscuro, un objeto olvidado por su dueño. La pasiva refleja «veíase el arpa» no dice quién mira; el arpa aparece como una presencia que se impone. El polvo y el silencio indican abandono, pero también conservación: el instrumento no está muerto, está latente. La exclamación «¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas!» transforma el abandono en posibilidad.

El símil del pájaro dormido en las ramas refuerza esa idea: un pájaro dormido no ha volado ni cantado, pero puede hacerlo al menor estímulo. La «mano de nieve» condensa varios matices: la blancura sugiere pureza, quizá una presencia femenina o casi sobrenatural, y la nieve dice frialdad, tacto apenas insinuado. El verbo «arrancar» es llamativo porque no es «tocar» ni «pulsar»: arrancar una nota implica cierta violencia, como si la belleza tuviera que ser extraída de algo que se resiste.

La tercera estrofa da el salto del salón al interior del hablante. El pensamiento «¡cuántas veces el genio / Así duerme en el fondo del alma!» convierte el arpa en metáfora del talento creador. Ya no se trata solo de un instrumento: es la propia voz la que espera. La alusión bíblica a Lázaro intensifica el tono. Como el hombre sepultado que aguarda una palabra para salir, la voz poética espera que alguien le diga «¡Levántate y anda!». La orden no procede del propio durmiente; se necesita una llamada exterior, un amor, una revelación o un choque que devuelva la vida.

Bécquer logra en pocos versos una meditación sobre la creación que no se queda en lo abstracto: parte de una escena doméstica y la carga de sentido. El arpa, el pájaro y Lázaro forman una cadena de figuras dormidas que esperan. La emoción no está en lo que sucede, sino en la espera misma. Por eso la rima no cierra con un desenlace, sino con una invocación que queda en el aire.

Gustavo Adolfo Bécquer, fallecido en 1870, no llegó a ver reunidas sus Rimas; sus amigos las publicaron poco después. Esta rima encierra una de sus convicciones: la poesía no se fabrica, se despierta. Esa idea, expresada con una musicalidad sobria y con imágenes de gran poder sugestivo, explica por qué estos versos siguen tocando a lectores jóvenes: hablan de un talento que todos, en algún rincón, sentimos dormido.

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