En una sala oscura, arrinconada y cubierta de polvo, hay un arpa olvidada. El hablante imagina que en sus cuerdas duermen notas, como un pájaro dormido entre las ramas, esperando una mano blanca y delicada capaz de despertarlas. Esa imagen da un giro íntimo: también el talento puede quedar dormido en el fondo del alma, como Lázaro, aguardando una voz que le diga: «Levántate y anda».
Predomina una melancolía serena por todo lo que permanece callado, pero también una emoción contenida de esperanza: bastaría una mano o una voz justa para devolver la vida a lo dormido. El tono es silencioso, reflexivo y delicado; el arpa exterior se convierte en espejo del mundo interior.