Bécquer convierte una revelación íntima en un pequeño drama cósmico. Los primeros versos presentan un aire que no se ve, pero que se siente: los átomos invisibles «palpitan y se inflaman» en derredor, el cielo «se deshace en rayos de oro» y la tierra se estremece alborozada. La naturaleza entera parece entrar en un estado de excitación luminosa y gozosa. No hay un yo enamorado que confiese un sentimiento; hay un mundo que se altera, una atmósfera que se enciende.
La palabra «átomos» no es casual: sugiere lo más pequeño e invisible de la materia. Al hacer que esos átomos palpiten, el poema borra la frontera entre lo inerte y lo vivo. Incluso el cielo pierde su solidez y se deshace en luz; la tierra, personificada, se estremece de alegría. El amor no aparece aún, pero sus efectos ya invaden el escenario.
Ese movimiento se intensifica con una dimensión acústica. El hablante no ve solamente: oye «flotando en olas de armonía / rumor de besos y batir de alas». La metáfora de las olas convierte la armonía en materia fluida, y los besos y las alas no pertenecen a nadie concreto: son rumores, signos sueltos de una presencia que no acaba de mostrarse. La sinestesia no es aquí un adorno; es la forma de sugerir que el amor se percibe por todos los sentidos sin dejarse apresar.
La construcción rítmica refuerza esa idea. Siete endecasílabos despliegan una escena amplia, solemne y acumulativa; el poema cierra con un verso mucho más breve, un heptasílabo: «—¡Es el amor que pasa!». Ese corte abrupto imita el paso fugaz de lo que se acaba de nombrar. La rima asonante en a-a de los versos pares —«inflaman», «alborozada», «alas», «pasa»— hilvana la composición como un eco, mientras los versos impares cambian de timbre y mantienen la sensación de inestabilidad. La brevedad final responde a la pregunta que el propio poema plantea: «Mis párpados se cierran... ¿Qué sucede?». El silencio de los puntos suspensivos y el giro interrogativo detienen el crescendo; el guion introduce una respuesta que es también una despedida.
El amor, en esta rima, no se describe como una relación entre dos personas ni como un estado anímico. Se presenta como una fuerza que atraviesa el cosmos: invisible, cálida, sonora y pasajera. Por eso el hablante no dice «siento amor», sino que registra sus efectos externos: la tierra, el aire, el cielo, los sonidos. Incluso su propio cuerpo reacciona con el cierre de los párpados, como si la intensidad lo desbordara antes de comprender. El verbo final, «pasa», es decisivo: el amor se revela cuando ya se marcha. La exclamación no tiene melancolía explícita; tiene la lucidez de quien reconoce una presencia en su desaparición.
La significación del poema reside en esa capacidad de decir lo intangible con muy pocos elementos. Bécquer no necesita nombrar al ser amado ni relatar una historia: transforma la experiencia amorosa en estremecimiento de la materia y en rumor. La rima se convierte así en una poética de lo fugaz, en la que el silencio, el instante y la sugerencia valen más que la declaración directa. Al final, el lector no ha visto al amor, pero lo ha sentido pasar.