En muy pocos versos, Bécquer convierte una experiencia íntima en un estremecimiento cósmico. Quien habla no ve al amor como una figura concreta: lo percibe como una vibración que recorre el aire, enciende el cielo, alegra la tierra y llena el oído de rumores de besos y alas. Todo ocurre con rapidez y sin explicación: los párpados se cierran, el mundo parece suspenderse y, ante la pregunta «¿Qué sucede?», solo hay una respuesta exclamativa: «¡Es el amor que pasa!». Se trata de una revelación fugaz, casi sagrada, que combina asombro, deseo y abandono. El tono exaltado y las imágenes sensoriales crean una atmósfera etérea y luminosa, donde lo exterior y lo interior se confunden. Más que describir el amor, el hablante transmite la huella que deja: una oleada de plenitud que lo transforma todo un instante.
Rima X — Resumen
Los invisibles átomos del aire En derredor palpitan y se inflaman; El cielo se deshace en rayos de oro; La tierra se estremece alborozada; Oigo flotando en olas de armonía Rumor de besos y batir de alas; Mis párpados se cierran... ¿Qué sucede? —¡Es el amor que pasa!