El yo poético recuerda los paseos íntimos con la amada: las manos entrelazadas, la cabeza de ella apoyada en su hombro, los altos olmos dando sombra y misterio al pórtico de su casa. Esa cercanía amorosa choca con el encuentro posterior, apenas un año después, cuando ella, presentada por un amigo oficioso, finge no reconocerlo con un frío «Creo que en alguna parte he visto a usted». El hablante se burla de las comadres de salón que habrían devorado ese chisme y, al final, pide a la luna, a los olmos y a las paredes que custodien el secreto. Dice haber olvidado, pero la observación final sobre el rostro de ella —más eficaz que cualquier máscara— revela una herida aún viva. El tono es nostálgico, irónico y amargo: la delicadeza del recuerdo se mezcla con el resentimiento ante la hipocresía social.
Rima XL — Resumen
Su mano entre mis manos, Sus ojos en mis ojos, La amorosa cabeza Apoyada en mi hombro, ¡Dios sabe cuántas veces Con paso perezoso, Hemos vagado juntos Bajo los altos olmos, Que de su casa prestan Misterio y sombra al pórtico! Y ayer... un año apenas Pasado como un soplo, ¡Con qué exquisita gracia, Con qué admirable aplomo, Me dijo, al presentarnos Un amigo oficioso: «—Creo que en alguna parte He visto á usted.—» ¡Ah! bobos, Que sois de los salones Comadres de buen tono, Y andáis por allí á caza De galantes embrollos; ¡Qué historia habéis perdido! ¡Qué manjar tan sabroso Para ser devorado Sotto voce en un corro, Detrás del abanico De plumas y de oro! . . . . . . . . . ¡Discreta y casta luna, Copudos y altos olmos, Paredes de su casa, Umbrales de su pórtico, Callad, y que el secreto No salga de vosotros! Callad; que por mi parte Lo he olvidado todo: Y ella... ella... ¡no hay máscara Semejante á su rostro!