Una traición amorosa se presenta como una herida hecha a traición: ella se acerca en la sombra, sella su engaño con un beso y, al abrazarlo, le clava el dolor por la espalda. El hablante no describe una agresión física, sino el daño íntimo de quien se siente traicionado por alguien que lo abraza. La imagen del corazón partido a sangre fría resume esa mezcla de cercanía y crueldad.
Lo más amargo llega al final: ella sigue su camino feliz e impávida porque la herida no sangra, porque el muerto sigue en pie. El dolor no se ve desde fuera; el traicionado aparenta estar entero, pero por dentro se siente muerto. El tono es contenido, irónico y desolado: hay rabia, impotencia y una lucidez triste sobre el sufrimiento invisible.