Rima XLVII — Análisis del poema

Yo me he asomado á las profundas simas De la tierra y del cielo, Y les he visto el fin ó con los ojos, O con el pensamiento.

Mas ¡ay! de un corazón llegué al abismo, Y me incliné por verlo, Y mi alma y mis ojos se turbaron: ¡Tan hondo era y tan negro!

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Dos abismos se enfrentan en la «Rima XLVII» de Gustavo Adolfo Bécquer: el de la naturaleza y el del corazón humano. La voz poética comienza con una actitud casi de explorador: se ha asomado a las profundas simas de la tierra y del cielo y ha podido verles el fin, ya sea con los ojos, ya con el pensamiento. Hay en esa primera estrofa una seguridad notable: los grandes misterios del mundo físico, por hondos que parezcan, tienen un límite accesible a la mirada o a la razón.

El giro llega con el «Mas» y con la interjección «¡ay!». No se trata ya de una sima geológica ni celeste, sino de un abismo de otra naturaleza: «de un corazón llegué al abismo». El artículo determinado, «el abismo», concentra el sentido: no es un corazón cualquiera, sino el corazón como espacio simbólico. La voz se inclina sobre él «por verlo», repitiendo el gesto del explorador, pero el resultado es completamente distinto. El alma y los ojos se turban porque aquel fondo no se deja medir: «¡Tan hondo era y tan negro!».

Métricamente, la rima alterna endecasílabos y heptasílabos, y la rima asonante de los versos pares —«cielo» y «pensamiento», «verlo» y «negro»— crea una cadencia contenida que sostiene el contraste. Los versos impares, más largos, desarrollan la visión; los pares, más cortos, la cierran con un golpe sonoro y emocional. La brevedad de la pieza refuerza su intensidad: no hay anécdota, sino una revelación interior concentrada. La asonancia deja en el aire la palabra «negro», que se convierte en la última impresión visual y afectiva.

Las palabras clave están distribuidas en dos campos. «Simas», «fin», «ojos» y «pensamiento» pertenecen al conocimiento: la vista y la mente alcanzan a delimitar lo inmenso. En cambio, «abismo», «corazón», «alma», «hondo» y «negro» arrastran hacia una profundidad sin contornos. El verbo «turbaron» es el centro de la transformación: no significa simplemente no ver, sino perder la claridad, quedar afectado. Aquello que antes permitía conocer —los ojos y el pensamiento— se declara ahora insuficiente. El poema, además, no describe el contenido del corazón; solo registra el vértigo de asomarse a él. Esa elipsis es fundamental: lo que turba no es lo que se ve, sino lo que no se puede ver.

La significación de la rima reside en esa inversión de la mirada. Bécquer no celebra aquí la inmensidad del cosmos como un misterio religioso; desplaza el enigma al interior del sujeto. La tierra y el cielo pueden tener término, pero el afecto, el dolor o el deseo que habitan un corazón escapan a la medida. Por eso los ojos, que habían visto el fin de las simas, se nublan ante lo humano. En ocho versos, el poema condensa una idea de gran alcance: hay abismos exteriores que la razón puede recorrer, y hay un abismo íntimo que solo puede conmocionar. Ese contraste entre lo mensurable y lo insondable mantiene viva la fuerza de esta rima.

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