El hablante se ha asomado a las simas más profundas de la tierra y del cielo, y ha logrado verles el fin, ya sea con los ojos o con el pensamiento. Esos grandes misterios del mundo exterior no lo desbordan: puede abarcarlos. Pero al inclinarse sobre el abismo de un corazón, la experiencia cambia. Allí no hay fondo visible ni límite que la razón alcance: solo una hondura tan negra que turba el alma y los ojos. La rima crea una atmósfera de vértigo y melancolía. Sugiere que el interior humano es más insondable y oscuro que cualquier espacio cósmico, y que mirar de cerca los sentimientos ajenos —o los propios— puede desconcertar. El contraste entre lo visible y lo emocional deja una impresión de temblor contenido.
Rima XLVII — Resumen
Yo me he asomado á las profundas simas De la tierra y del cielo, Y les he visto el fin ó con los ojos, O con el pensamiento.
Mas ¡ay! de un corazón llegué al abismo, Y me incliné por verlo, Y mi alma y mis ojos se turbaron: ¡Tan hondo era y tan negro!