En la Rima XV, Bécquer no retrata a una mujer concreta: el tú está hecho de materia evanescente. Es un cendal flotante de leve bruma, una rizada cinta de blanca espuma, un rumor sonoro de arpa de oro. Cada imagen añade belleza y, al mismo tiempo, quita solidez. La amada o el ideal aparece como onda de luz, como beso del áura, y se resume en una fórmula breve: eso eres tú. El poema construye así una presencia que no puede tocarse, solo percibirse en sus reflejos. Frente a ella, el yo se define por el movimiento y la carencia: en mar sin playas onda sonante, en el vacío cometa errante, ansia perpetua de algo mejor. La idea central es la oposición entre lo inasible y el deseo: el tú existe mientras se desvanece, y el yo existe mientras persigue.
La construcción refuerza ese sentido. Los primeros versos son largos y ondulantes, con una rima en pareados que une bruma y espuma, sonoro y oro; después el ritmo se corta en los versos breves y desemboca en eso eres tú, como si la frase final nombrara lo que las metáforas solo habían rozado. Los sonidos líquidos de cendal flotante de leve bruma y de blanca espuma contribuyen a esa ingravidez. En la segunda estrofa, el adverbio cuantas veces introduce una experiencia repetida: voy á tocarte, te desvaneces. Las comparaciones se encadenan —como la llama, como el sonido, como la niebla, como el gemido del lago azul— y todas comparten la idea de algo que se apaga o se disipa. No se describe un cuerpo, sino una sombra aérea; el tacto queda excluido.
Después, la voz cambia de objeto: ya no describe al tú, sino que se describe a sí misma. Los pares en mar sin playas y en el vacío dibujan un espacio sin límites; no hay orilla ni punto de apoyo. A la onda sonante y al cometa errante se suman un largo lamento y el ronco viento, palabras cuyo sonido arrastra soledad. El yo culmina en ansia perpetua de algo mejor, casi una definición: no es un ser completo, sino una tensión hacia lo que le falta. El paralelismo de eso soy yo con el anterior eso eres tú deja clara la asimetría: el tú es lo bello y fugaz; el yo es lo que anhela y se desgasta.
En la exclamación final, la anáfora Yo, que… lanza dos frases que no se posan en ningún objeto firme: los ojos se vuelven de noche y día hacia los ojos de ese tú en plena agonía, y el yo corre incansable y demente tras una sombra. Resulta revelador que no persiga una figura real, sino la hija ardiente de una visión, una criatura nacida de la propia imaginación. La persecución es circular: el ideal existe como visión, y el yo se consume persiguiendo su sombra. Esa circularidad mantiene el deseo siempre vivo y siempre insatisfecho.
La Rima XV condensa el modo de cantar de Bécquer, poeta sevillano del siglo XIX cuyas Rimas aparecieron póstumamente en 1871. Su fuerza no está en la anécdota ni en la confesión detallada, sino en la música y la sugestión. Las imágenes no se explican: se suceden como el rumor, la niebla y el viento que menciona. Por eso el poema anuncia una lírica hecha de atmósferas y de estados interiores. Importa menos quién sea ese tú que la experiencia de mirarlo desaparecer. La rima deja al lector con la sensación de que el ideal solo puede vivirse como lejanía, y de que el yo poético es, en el fondo, una carrera sin meta detrás de una luz.