En la «Rima XVI», Bécquer da voz a un enamorado que no se muestra, pero que se hace sentir en todo lo que rodea a la persona amada. Si el viento mueve las campanillas del balcón, si un rumor parece llamarla por su nombre, si en la noche un aliento cálido roza sus labios, el hablante advierte: no es el aire, no es una voz lejana; soy yo, oculto entre las hojas, entre las sombras, a tu lado.
Lo que domina es una mezcla de ternura y de inquietud. No hay una amenaza, sino una presencia amorosa que lo envuelve todo sin dejarse ver. El enamorado se convierte en susurro, en sombra, en respiración cercana: desea acompañar y ser intuido, pero permanece invisible. Esa cercanía espectral crea una atmósfera íntima y nocturna, donde el amor se siente más como un roce o un presentimiento que como una figura concreta. La persona amada no puede verlo; solo puede percibir que algo —o alguien— respira a su lado.