La voz de esta rima responde desde el primer momento a un interlocutor que parece advertirle sobre el carácter de una mujer. Bécquer recoge esa advertencia para transformarla en confesión: «¿A qué me lo decís? lo sé: es mudable, / es altanera y vana y caprichosa». No hay engaño ni desconocimiento; el hablante sabe perfectamente que esa figura amada es inestable, orgullosa y voluble. La rima pertenece a las Rimas, publicadas póstumamente, y muestra con claridad el tono íntimo y reflexivo que caracteriza al poeta sevillano dentro del Romanticismo tardío.
El poema está formado por dos estrofas de cuatro versos con rima asonante en los pares, mientras los impares quedan sueltos. Esa asonancia ligera —caprichosa/roca, responda/hermosa— crea una música contenida, sin estridencias, que deja todo el peso en las palabras. La medida de los versos es desigual, como suele ocurrir en la poesía becqueriana, y esa irregularidad refuerza la sensación de un pensamiento hablado, casi de una réplica en voz alta. Los signos de puntuación son esenciales: el interrogante inicial, los dos puntos, los puntos suspensivos antes del «pero» y la exclamación final marcan los vaivenes de una conciencia dividida.
En la primera estrofa, la hipérbole «Antes que el sentimiento de su alma, / brotará el agua de la estéril roca» plantea la imposibilidad de que esa mujer sienta; es tan improbable como un manantial en una roca seca. La imagen del agua en la piedra estéril opone lo vivo a lo inerte, lo blando a lo duro, y con ello subraya la frialdad de la amada. La segunda estrofa insiste en la misma idea con metáforas aún más duras: su corazón es un «nido de sierpes», una «estatua inanimada». No hay una fibra, ni un solo punto vulnerable, que responda al amor.
Sin embargo, todo el peso del poema recae sobre una conjunción adversativa: «pero...». Los puntos suspensivos crean una pausa tensa, el instante en que la razón parece haber vencido. Lo que sigue rompe el discurso lógico: «¡Es tan hermosa!». La belleza física se impone a todas las advertencias y a todos los saberes. No se trata de que el hablante ignore los defectos; los enumera con precisión. Se trata de que el deseo y la admiración estética pueden más que el juicio moral o psicológico. El adverbio «sé», repetido al comienzo de las dos estrofas, subraya que la lucidez no basta para liberarse.
Esa tensión entre lo que se conoce y lo que se siente es el núcleo de la rima. Bécquer no idealiza a la amada, como haría una poesía amorosa más convencional; al contrario, la desenmascara y, aun así, confiesa su rendición. Por eso el poema resulta moderno: expone la contradicción humana con una franqueza casi amarga, sin consuelo ni moraleja. La hermosura no aparece aquí como reflejo del espíritu, sino como un poder autónomo e irracional.
El interés de estos ocho versos está en su capacidad para condensar un conflicto amoroso complejo en muy pocas palabras. La descripción negativa no anula la fascinación; la alimenta y la hace más lúcida. De ese choque entre el desengaño y el deslumbramiento surge una de las voces más sinceras de las Rimas: la de quien sabe que debería apartarse y, sin embargo, se queda.